Jorge Luis Borges:
"De los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro; todos los demás son extensiones de su cuerpo. Sólo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria."
Billy Wilder:
"La televisión no ha podido acabar con el cine porque la gente quiere estar allí, quieren ser los primeros, quieren oír las risas de otras personas."
Théophile Gautier:
"Una de las glorias de la civilización sería el haber mejorado la suerte de los animales."
John Lennon:
"Algunos están dispuestos a cualquier cosa, menos a vivir aquí y ahora."
Woody Allen:
"El sexo sin amor es una experiencia vacía. Pero como experiencia vacía es una de las mejores."
Menandro de Atenas:
"No es vergonzoso nacer pobre, lo es el llegar a serlo por acciones torpes."
Adolf Hitler:
"Sólo se combate por lo que se ama; solo se ama lo que se estima, y para estimar es necesario al menos conocer."
Gustavo Adolfo Bécquer:
"El alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada."
Marilyn Monroe:
"Era consciente de que pertenecía al público, pero no por mi físico o por mi belleza, sino porque nunca antes había pertenecido a nadie."
21 abril, 2013
Somos una ruta por seguir explorando.
18 abril, 2013
Me declaro viva.
ser humano,
perceptiva y combativa.
Vivo porque así lo creo,
porque así lo siento
y así lo quiero.
Humano
por imperfecto.
Perceptiva
como sistema social único
y colectivo,
perceptiva
de todas mis limitaciones,
y combativa de todas mis limitantes.
17 abril, 2013
Óbito de mi propia sangre.
Llego a la salida y camino por las calles: tal vez encuentre algún cliente, pero no, nada. Las luces apenas iluminan la calle, camino y camino sin rumbo, de repente, me encuentro frente a ese lugar. Me dejo influir por aquel odio que recorría todo mi cuerpo, cada parte de mi, hasta el mas recóndito lugar de mi asqueroso cuerpo. Puedo ver mi reflejo en un charco de agua sucia a causa de la lluvia de hace una horas: el rímel corrido y unas ojeras visibles, mis labios rojos y uno de mis ojos morados, cortesía del cliente anterior. Entonces sonrió: una sonrisa llena de odio, coraje y resentimiento contra todos. Cada persona que me hizo daño lo pagaría. Tallo mi boca haciendo que el rojo se corriera más allá de mis labios. Me acerco a la puerta de aquella horripilante casa, levanto el tapete de bienvenida y me encuentro con la llave.
—Siempre tan idiotas. —pienso.
Meto la llave en la perilla y abro con cuidado, frente a mí hay un cuadro con la nueva familia de él: una esposa, una niña y él, todos sonriendo.
—Maldito bastardo, si supiera lo que le espera.
Camino a la cocina, observando cada detalle de la casa, una chimenea que me mantenía caliente en las noches de invierno, recuerdo. Frente una pequeña mesa, como en la que hacía mis tareas mientras mi madre preparaba un rico chocolate y unas galletas de mantequilla, pero todo ese paraíso que tenía de pequeña lo destruía él cuando llegaba, con una mujer a su lado, ambos ebrios y con botellas en las manos, subían las escaleras y solo alcanzaba a oír unos cuantos gemidos: porque mi madre me cubría los oídos con sus manos mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. En ese momento sentí por primera vez el odio, el odio hacía ese hombre y hacia esa mujer, y todas las que vinieron por delante. Y no entiendo cómo terminé convirtiéndome en lo que más odio.
Entro a la cocina, observo el refrigerador lleno de fotografías y dibujos pegados. Sonrisas por doquier y durante un segundo siento pena por él: por lo que les voy hacer. Pero se esfuma esa pizca de pena y el odio la remplaza rápidamente.
—¿A caso el sintió pena por mi madre alguna vez? ¿Por mi? Jamas le dí pena mientras me acaricia bajo mi ropa. ¿Por qué tendría que tener pena yo?
Un cuchillo largo me llama la atención, lo tomo y juego con él, la punta en uno de mis dedos hace que salga una gota pequeña de sangre y se que la mirada se me ilumina. Lo tomo por el mango y subo las escaleras sin hacer ruido alguno. Mientras subo, paso la hojilla por las paredes, haciendo algunas marcas, sigo caminando doblando a la izquierda y al llegar a la planta de arriba entro al cuarto que antiguamente ocupaba mi madre con ese cerdo, cierro la puerta despacio y lo veo removerse bajo las sábanas, a su lado está una mujer cubierta hasta la cintura, puedo ver su brasier rojo entre la oscuridad, su cabello negro revuelto entre la almohada. Me acerco a ella y el odio tan fuerte me produce un tic en el ojo derecho, el que no estaba morado. La reconozco enseguida, sé quién es. Me aguanto el impulso de atravesar su pecho en el cuchillo: no, queremos verla sufrir, ¿no es cierto? Recuerdo la vez que entró por esa puerta, ella tomaba la mano de él, ambos reían tontamente, ese día mi madre no estaba en casa, y fue el peor día de mi vida. Él me tomó la mano y me subió a mi cuarto, ella iba tras de él, riendo y apoyándolo. No sabía que pasaba, pero unos segundos después lo comprendí, lo comprendí en cuanto el subió mi vestido verde y me tumbaba en la cama, mientras ella reía y soltaba unos cuantos "continua". Pataleé y supliqué que me dejara, que me soltara y no le diría a mi madre, pero no le importo, no le importo a él, ni a ella y unos minutos después, un dolor desgarrador cubrió mi cuerpo…
Camino hacia él, ahora, y lo veo seguir removiéndose en su lugar. Pongo el cuchillo en su estómago y hago una ligera presión y él abre los ojos, sus ojos azules se dilatan y con sus manos se apoya hacía atrás, creí que por el movimiento ella despertaría, pero no lo hizo.
—Atrévete a gritar, y te rebano aquí mismo. —lo amenazo. Me gusta la naturalidad con la que salen esas palabras.
—¿Qui…quién eres? —pregunta aterrado.
—¿Ahora no me recuerdas? —mi ironía lo hace temblar, lo puedo ver. Juego con el cuchillo y él me mira fijamente, aún temblando, aún sudando.
—N…no.
La rabia me consume y me acerco a su cuello con fuerza, el cuchillo roza con su mejilla y aún me parece extraño que la zorra que esta a su lado no despierte.
—¿No recuerdas las veces que golpeabas a mi madre? ¿Las veces que me acariciabas, cerdo? —digo mientras aprieto aún más su cuello y veo el terror en sus ojos.
—A..A..¿Angie? —a penas y puede contestar. Aflojo un poco y lo veo respirar con dificultad—. ¡Angie! —susurró. Lo suelto y me mira aterrado.
—¿Qué me harás? —pregunta con voz clara.
—Lo que tu me hiciste muchos años… Sufrir, pero yo lo haré hasta matarte. —le respondo. Él cierra los ojos y solloza, suspira y lo siento abalanzarse contra mi, o próximo que oigo es un gemido y siento mi cuchillo atravesar algo, su cuerpo. Me asusto durante un momento, pero me lleno de adrenalina y quiero acuchillarlo de nuevo, una y otra vez, hasta que no pueda más, hasta que no quede mas de él. El movimiento de la cama hace que ella despierte, pregunta por él y se sienta en la cama y solo veo sus ojos aterrados viéndolo tirado en el piso y luego a mi, y al final al cuchillo manchado de sangre.
—Acércate, y atravieso su cuello ¿entendido?
Sus lágrimas corren por sus mejillas. Observo la habitación rápidamente, en busca de algo con que la pueda amarrar y lo encuentro: unas esposas en una cómoda.
—¿Para qué las usan? ¿Eh? Sexo tal vez. —mi voz es burlona y las tomo, me acerco a ella y ella por un momento se resiste.
—Quieres que te corte que cuello, ¿ahora?
Ella deja de pelar y agacha la cabeza, sollozando aún. Le pongo una de las esposas y la otra la ato a un barandal de la cama. Me acerco a él de nuevo, se retuerce del dolor en el piso, manchas de sangre a su lado, me agacho pero él no me mira.
—Te haré sufrir… pero primero sufrirá ella.
—Estás loca. —lo oigo susurrar, pero no me importa. Camino hacia ella con la cabeza ligeramente inclinada, observándola.
—Por…Por favor no…No me hagas na…Nada. —suplica, y yo río. Me acerco a ella y clavo el cuchillo en su estomago con fuerza. La sangre recorre su cuerpo. Ella se arquea y gime del dolor, mientras con su mano toca su herida y también se la mancha de ese liquido rojo.
—El rojo queda con tu basier. —me burlo de ella y la impaciencia me gana—. Esto se puso lento. —digo y entierro el cuchillo en su pecho, ella lanza un último gemido antes de caer.
Doy unos pequeño saltitos y camino hacia él de nuevo. Me mira aterrado, con repulsión y con odio.
—Eres un monstruo. —me dice jadeante.
—Algo tuve que sacar de ti, ¿no es cierto?
Tomo un pañuelo gris de la cómoda y lo ato en su boca.
—Al fin y al cabo, eres mi padre. —le expongo mientras que con fuerza entierro el afilado cuchillo en el centro de su mano izquierda, él suelta un grito, pero se pierde entre el pañuelo.
—Es verdad lo de la venganza: es dulce, y divertida. —sonrío.
Con el cuchillo hago un corte largo: de la boca hacia su ojo izquierdo, la sangre brota y las lágrimas corren por las mejillas. Sus ojos muestran dolor, como el que yo alguna vez sentí a causa de el.
—¡¿No te gusta verdad?! —le grito, pero no tan fuerte como para que despierte la pequeña. Él niega con la cabeza, y aunque no pueda hablar, sé que suplica.
—A ti nunca te importo todas las veces que te supliqué, que suplico mi madre para que la dejaras de golpear. ¿Por qué habría de importarme a mi?
El odio vuelve y de repente, me encontré apuñalando su cuerpo una y otra vez, tantas veces como podía hasta que quede exhausta. Por su cuerpo corrían chorros de sangre. Un charco de sangre lo cubría, y de él no salia ningún respiro. Rasco mi nuca con cansancio y salgo por la puerta aún con el cuchillo en la mano y mi ropa llena de sangre. Camino por las escaleras y veo otra foto de la familia, todos sonriendo y, por alguna razón la sonrisa de la pequeña me recuerda a la mía, la que le mostraba a mi madre cada vez que se acostaba conmigo las noches que no podía dormir y me tarareaba una canción. Salgo de la puerta dejando a la niña en paz, se que estará mejor si ellos. Son unos monstruos. Camino de nuevo por la calle, no sabía que hora era, pero aún era de madrugada. Un auto pasa y se estaciona a mi lado, sé lo que busca, sé lo que quiere. Así que me subo en la parte trasera de lado del piloto y beso su cuello lentamente, mientras guardo el cuchillo debajo de los asientos esperando ansiosamente, usarlo de nuevo.
15 abril, 2013
Depresión Post-Electoral.
No hay impotencia más grande que la que ver y saber como mi familia va a seguir viviendo miserablemente entre la escasez; tanto de alimentos como de seguridad y trabajo.
No hay impotencia más grande que la que ver como a los niños se le cierran tantas puertas, puertas que le brindan la posibilidad de progresar en la vida. Como a los jóvenes se les cierras tantos horizontes y posibilidades para una mejor calidad de vida
No hay impotencia más grande que la que siente un Venezolano al saber que se puede tener algo mejor, que se puede vivir mejor. Que ese país que todos soñamos sí se puede obtener, sí se puede tener un país en donde la noticia más importante gira alrededor de otro aire.
Me duele la impotencia. Me duele, me duele porque soy Venezolana. Y así viviera al otro lado del océano me seguiría doliendo porque pagan mis hermanos, mi familia, mis amigos, porque soñaría todas las noches con ese avión que me devuelve a mi tierra natal. Ese avión que me reúne con todo esa gente a la que amo y extraño cada día mas.
Sueño con mi país lleno de posibilidades y nuevos horizontes.
Sueño con un país lleno de paz.
Sueño con leer un periódico lleno de buenas noticias y no uno en donde en todos los encabezados se huele la sangre y el hierro de homicidios y catástrofes de secuestros.
Que impotencia es ver como la gente mediocre, descarada, conformista, hipócrita, egoísta, llena de insaciable poder va acabando lentamente con la vida de mas de 28 mil personas; personas que vienen de una misma madre, de mi madre. Una madre que se llama Venezuela.
13 abril, 2013
Un diario, un escrito, un desahogo.
¿Cómo acabas con algo que te lastima desde tus más profundas y enterradas debilidades? No estoy triste, pero tengo miedo. Tengo miedo y no soporto el millón de cosas que se unen para descontrolarme más. Tengo miedo a muchas cosas. Tengo miedo al futuro, a siempre tener miedo. Quisiera ser valiente en casi todos los días, pero no, es imposible y no sé cómo hacerlo. Y quisiera salir y gritar, encontrar a alguien con quién hablar sin miedo a sentirme tan patética como yo misma soy. Tal vez por eso extraño tanto a las personas que me brindaron eso alguna vez. No extraño el cariño, extraño poder expresarme, darme a entender, extraño no tener que callarme todo lo que me atormenta. Pero todo se va, y me da miedo un día despertar y darme cuenta de todo lo que perdí por culpa del miedo.
Es extraño y me siento débil. Es lo que más odio. Odio la cobardía porque yo soy cobarde. Odio sentirme sola a pesar de me gusta estar sola. La vida está llena de contradicciones y no sé qué pensar. Ya no puedo ni pensar. Encuentro verdadero lo que dicen de que si tienes equilibrio mental las cosas en el exterior mejoran y se ven más claras y menos terroríficas, pero qué pasa cuando ya no sabes encontrar un equilibrio. Cuando te has quedado sin fuerzas y sin ganas de hacer algo. Es temporal. Todo es temporal y todo cambia, pero hay ese miedo a que las cosas cambien para mal. Que todo empeore, en mi mente y en consecuencia externamente.
Hay miedo y lo tengo porque tal vez ni yo misma me conozca, tal vez no me acepte. El punto es que hoy no tengo ganas de pensar, quisiera hacerme burrito en mis cobijas y no salir nunca. No perder a nadie. No esperar nada. Las expectativas destruyen todo cuando no sabes salir a buscar lo que quieres. Y el punto es ese, saber encontrar lo que quieres y encontrarte a ti mismo en tu mismo interior. Pero es difícil y sigo aprendiendo. Ya ni sé que estoy diciendo porque hoy ni siquiera puedo escribir. Apesta. Todo apesta.
12 abril, 2013
Todo lo bueno tiene un lado sucio.
un buen disco y tu compañía.
Sólo imagínate sentado a mi sala,
el frío entrando por la ventana,
las palabras saliendo de mi boca.
Tú, y el vino que sólo es un testigo de lo que nadie,
además de nosotros necesita saber,
necesita ver.
Tu mano en mi pecho y las mías en tu espalda,
el sofá bajo nosotros sufriendo todas las consecuencias.
La ropa ya no tiene lugar en ésta situación,
y tú, que no estás quieto un minuto
sabes perfectamente qué es lo que debes hacer.
Gritos que oye toda la cuadra,
cosas que sólo me dices a mí.
Tú tocas todo porque todo es tuyo,
y yo todavía no sé como llegamos a estas circunstancias,
y si fue producto del alcohol o no.
Tú haces de mi lo que quieres y yo te dejo,
no quiero que preguntes si quiero,
lo necesito tanto, o más que tú.
Yo sólo quiero más, más de ti.
Las pecas de tu espalda
son todo lo que necesito para seguirte la corriente,
yo también toco todo,
tú dejas que toque todo,
y entonces,
cuando creo que ya no puedo más
todo estalla y la paz inunda la habitación y mi ser,
y nuestros cuerpos como uno solo se quedan ahí,
tan quietos,
perfectamente unidos,
sólo para recordar que todo lo bueno tiene un lado sucio.
Refinado cadáver.
¿Qué piensa alguien a punto de morir?
Depende del personaje, depende del delirio, de la desilusión, depende del creador que manejó su vida como un caleidoscopio. Creo en escritores, personajes e historias. La pluma se mueve y la mente avanza. Una vez que me encontré ahí, dentro de mí, en un mundo que existe pero que nadie deja fluir y que todos ignoran, y una vez ahí pude sentirlo. Sentí la muerte. Los órganos se combinan con la metafísica de la realidad del ser agonizante. Lo pude sentir a pesar de nunca haber vivido una muerte en el mundo material. Sus ojos se cerraron y el dolor se expandió pero, ya no estaba más ahí. Sin importar si había sido un buen o mal personaje, la esencia de la muerte lo llevó a lugar extraño y húmedo. Las lágrimas de aquellos que pierden acaban en ese lugar y aquellos perdidos mueren llegan ahí.
Se bañan en lágrimas y sienten el frío que comienza a avanzar por sus talones y pies. Es una caricia de muerte que endurece cada músculo. La caricia de la muerte que roba el calor, el color; llevándose la vida en un delicado roce. Si duele o no, no lo supe nunca. El cadáver no respondió. El cielo se perdió en su visión escapada y los pájaros volaron y se convirtieron en espejismos de cenizas de cuerpos bañados en lágrimas. El vuelo del ave, la picazón en medio de los ojos. Yo me quedé ahí, dentro de un cascarón aterrador, en un estuche vacío que guardaba con recelo las más preciosas joyas de una actriz famosa vagante entre las tumbas buscando un cofre de plata que ya nunca encontrará.
Colorete rojo, rojo como fuego. Tardé en salir y me quemaron junto con la caja de cristal. Explosión y trozos de vidrios y cristal por el suelo. Si la muerte me acarició aún no lo sé, pero es verdad, es verdad que la muerte de un personaje es la muerte del autor. Tal vez vivimos en ellos, nos combinamos con su sangre y nos instalamos en sus pulmones, nos volvemos pájaros cenizos que les lloraran un baño en aquel cuarto mojado y lejano.
Quería describir una muerte lenta y sólo escribí un cadáver exquisito.
Quería escribir una muerte y me volví mariposa.
Una mariposa la cual le hicieron una autopsia en el infierno.
09 abril, 2013
Todo fluye.
cosas ocurren cuando menos te lo esperas,
que las heridas más profundas
te las provocan las personas
que más quieres,
que aquellas palabras que no deseas escuchar
son de aquellas personas
que nunca pensarías,
que todas las cosas que pasan
en tu alrededor
en algún segundo son
siempre las menos esperadas.
Porque así es como rota todo,
como funcionan las cosas,
así es como te das cuenta de que
el mundo es tan imparcial
y a la vez tan indiferente...
porque finges tan bien
que todo te resbala
para que nadie te vea mal,
para que nadie te vea lastimado,
ni herido,
que a veces te ocultas
en los lugares más rebuscados
y al mismo tiempo
aquellos que son más usados
por almas llenas de heridas
y cicatrices en el interior.
En el interior,
porque es allí donde recae todo,
el dolor,
la tristeza,
la alegría
todas aquellas emociones
que son capaces de llenar
tu cuerpo de vibras
y más vibras,
de emociones
tanto positivas como negativas,
y es así como todo funciona
en un delicado equilibrio,
porque todas las cosas fluyen
y pasan por tu interior,
todo existe dentro de ti
de alguna forma u otra.
31 marzo, 2013
Beber de tu sangre como mi último brebaje.
Escucho aquel silencio que inunda esta habitación,
siento el débil latido de mi corazón.
Aún no sé qué estoy haciendo,
aún no sé si todo está bien,
solo se que en algún rincón de mi habitación
todo esto terminará.
Siento el viento pasar por mi cuerpo
impidiendo la luz tocar mi piel.
El sol me quema,
y trato de que la oscuridad
sea quien guíe mis pasos dentro de esta ciénaga.
¿Alguna vez sentiste algo por mi?
Gritaba entre mis adentros.
Deja de fingir, jamás lo hiciste.
Chillaba hacia las frías paredes de madera.
Siento como todo se entrelaza por dentro
puesto que las estrellas no se pueden comparar con nada de esto.
Al agudizar mis sentidos,
puedo escuchar el leve sonido del mar a lo lejos.
¿Dónde estás? ¿dónde estoy? ¿dónde estamos ahora?
Ni aquí, ni allá, ni en ningún otro sitio.
Todo tiene su tiempo, su proceso.
Aquel dolor que ahora existe,
el día de mañana,
sólo será un mal recuerdo.
Algo que viene, y se va,
algo que se siente
aunque la cicatriz quede impregnada en la piel,
porque las marcas nunca se borran,
siempre perduran.
¿Has visto un ángel llorar o reír?
Quizás no has visto nada de eso
porque sigues cegado ante otras cosas.
¿En qué sitio despertarás mañana?
Quizás lejos de aquí…
Aquellos versos que nunca quisiste escuchar
hoy se los llevará el viento.
Un disparo entre pétalos,
un susurro entre sombras,
una caricia perdida.
Un beso…
Ese beso prohibido…
Ángel de la soledad,
debiste matarme cuando pudiste.
Ahora…
Este ángel ha pasado a su segunda transformación.
Un vampiro,
sedienta,
que buscará tu sangre hasta asesinarte.
Adicta a ti,
adicta a tus recuerdos…
Adicta a destruirte.
29 marzo, 2013
Espectro forastero.
A diferencia del trajín administrativo que colmaba los rincones de cada cubículo, la calma aparente le despertaba un nerviosismo voraz. Todos los días —de ocho de la mañana a cuatro de la tarde— el traqueteo de los teclados, el timbre de los teléfonos, el susurro de los papeles y el peculiar rugido de las impresoras y faxes disfrazaban el silencio, y Laura hubiera preferido mil veces escuchar todo eso al mismo tiempo en lugar de ese horrible silencio que le ahogaba.
—Todo está en la mente —se dijo a sí misma en voz baja, teniendo la impresión que alguien la observaba—. Todo está en la mente.
Ni bien terminó de decirlo la segunda vez cuando escuchó un estruendo en el entrepiso. Atravesó las oficinas rápidamente, curiosa por ver qué había sucedido. Estaba casi segura que ella era la única persona en el edificio. Sus pasos hacían eco y con cada uno de ellos parecía que, lo que fuera —aunque también podía ser su imaginación—, clavaba con más insistencia su atención en ella. De nuevo sintió el cuerpo entumecido cuando bajó las escaleras hacia el entrepiso.
Llegando ahí, las puertas del elevador se abrieron, pero ahí no había nada. No había elevador. No se veían siquiera los cables de este. Solamente un espacio negro, aparentemente vacío, inquietante. Se acercó lentamente y, mientras su cuerpo se movía, su fuego interno le advertía que no debía hacerlo.
—¿Se encuentra bien? ¿Qué pasó? —uno de los guardias había subido tras escuchar el alboroto.
—Sí —respondió sobreponiéndose al sobresalto que le causó el hombre—. No lo sé. Escuché algo y vine a ver. —el rostro del guardia se palideció ligeramente—. Creo que pasó algo con el elevador —dijo apuntando hacia donde se suponía que estuviera.
Él le miró confundido, sin saber qué decir realmente, e hizo lo mismo que ella: apuntó ahí. Laura volvió su mirada, confundida también, y la piel se le puso de gallina al ver la cabina del ascensor en su lugar.
—Señorita —la voz del guardia temblaba—, suba a su piso y no salga de ahí hasta que ya se vaya. Y, haga lo que haga, no mire hacia atrás. En ningún momento, por ningún motivo.
Laura miró fijamente al hombre limitándose a asentir.
—La acompañaré a su cubículo.
Al subir ambos las escaleras, las sombras en las esquinas parecían moverse, ondeándose como si se trataran de un líquido contenido dentro de unos límites invisibles.
—Le recomiendo que se vaya antes de medianoche —fue lo último que dijo el guardia antes de emprender marcha hacia la planta baja.
A Laura le dio la impresión que el hombre caminaba exageradamente rápido, como si contuviera las ganas de echar a correr y se preguntó si no lo habría hecho una vez que ella ya no lo viera.
Suspiró y continuó su trabajo haciendo lo posible por ignorar el efecto del incidente en sus nervios.
—Todo está en la mente —se repitió cuando notaba algo moverse en el pasillo. Se lo repetía las veces que fuera necesario, como si se tratara de un mantra para sosegar la ansiedad que le producía ver movimientos fuera de su rango de visión. A veces cedía al impulso de voltear rápidamente y se sentía aliviada y asustada al no encontrar nada fuera de lo común—. Todo está en la mente, todo está en la mente, todo está en la mente, todo está en la mente.
Respiraba con dificultad, su temor escalaba aceleradamente convirtiéndose en una paranoia alimentada de hechos reales y se alimentaba a sí misma con cada pequeña sombra que se movía en su dirección. «Basta» pensó y se puso de pie tomando su bolso. Laura salió disparada de ahí, superando con creces la manera en la que el guardia lo había hecho. Estando en el entrepiso, contempló la idea de usar el ascensor y este, sin que ella presionara el botón, abrió sus puertas para mostrarle de nuevo esa oscuridad tan espesa y atemorizante. Laura respiró profundamente y se dio la media vuelta para usar mejor las escaleras. Sus pasos, como antes, hacían eco y, conforme descendía escalón por escalón, eran acompañados del eco de otros pasos que no eran los suyos. Un escalofrío que le heló la sangre recorrió su espalda al sentir en su nuca la respiración tibia de alguien. Tragó saliva con dificultad y lentamente giró su cabeza. Al ver lo que estaba ahí detrás de ella, unos fuertes calambres sacudieron sus piernas y subieron lentamente hasta paralizar todo su cuerpo. Laura había volteado. Laura había visto algo. Y lo último que quedó de Laura fue un grito desgarrador.
26 marzo, 2013
Recuerdos, sucesos y secretos.
Le dices cosas que nunca antes le habías dicho a alguien.
Comparten esperanzas para un futuro,
sueños que nunca se harán realidad,
logros que nunca se cumplieron
y muchas decepciones que la vida les dejó.
Cuando algo grandioso pasa no puedes esperar a contárselo,
sabiendo que esa persona compartirá tu emoción.
No te avergüenzas de llorar juntos cuando sufre,
o reír a su lado cuando hace el ridículo.
Nunca lastimas sus sentimientos, sino que le fortaleces
y le muestras las cosas que le hacen especial.
Nunca hay prisa ni celos,
sólo una tranquila calma cuando están cerca el uno del otro.
Puedes ser tú mismo sin preocuparte por lo que piense,
pues te ama por lo que eres.
Las cosas que para la mayoría de la gente pueden ser insignificantes,
-como una carta, canción o caminata-
se vuelven invaluables tesoros que se mantendrán a salvo en tu corazón.
Los recuerdos de tu infancia regresan
y son tan claros que sientes que eres joven de nuevo.
Los colores se ven más brillantes.
La risa forma a ser parte de la vida cotidiana,
donde antes era poco frecuente o no existía en lo absoluto.
Una llamada telefónica siempre te deja una enorme sonrisa en el rostro.
No necesitan de una conversación continua cuando salen,
se contentan con sólo tenerse cerca.
Cosas que nunca antes te interesaron se vuelven fascinantes,
porque sabes que son importantes para esa persona que es especial en tu vida.
Abres tu corazón sabiendo que hay una oportunidad de que sea dañado,
y en la apertura de tu corazón,
experimentas el amor y la alegría que jamás habías creído posible.
Te hallarás tan vulnerable
y comprenderás que esa es la única forma de sentir el verdadero placer.
Sabes que tienes un amigo verdadero y,
posiblemente, un alma gemela, que se quedará contigo hasta el final.
La vida luce completamente diferente y emocionante.
Tu única esperanza y seguridad es saber que la persona por la que tanto esperaste
es parte de tu vida…
23 marzo, 2013
Sin título, sin interés, sin motivos.
Me río al descubrir de qué forma hiciste que cada uno de ellos se convirtieran en una mierda.
13 marzo, 2013
Un pétalo mal tirado.
Al escuchar tal palabra fue obvio, me veo en el reflejo del vidrio y me detallo que no tengo ningún parecido a él.
—¡Cállate de una vez por todas! —pataleaba una voz femenina—. ¡Ya, basta! ¡Sí lo es!
Ella no tenía más ojos más que para él, ¿cómo podría engañarlo con alguien más?
—¿Lo es? ¿Segura? —decía aquel hombre mientras pisaba fuertemente el suelo hasta dirigirse al sofá color café. Se detuvo. Volteó la mirada y observó el rostro empapado de su esposa—. Mía... mía... es hija mía, tengo una hermosa y maldita hija.
¿Podrías dejar ya el sarcasmo? No te molestes en perder el tiempo mintiéndote a ti mismo.
—Dímelo. —dijo la mujer enfrentándose a la bestia que tomaba su botella de Whisky.
Enseguida, mi padre me sorprendió con una nueva palabra que no había escuchado nunca...
—Aborto. —adjuntó el hombre—. Debiste de haberla abortado cuando pudiste.
Mi mamá salió corriendo a mi habitación, abrió la puerta de mi cuarto y lloró. Yo la miraba confundida y no entendí la palabra que había pronunciado mi papá pero no quise preguntarle ya que estaba llorando mucho.
Al día siguiente mientras ella hacía el desayuno...
—Mami, ¿qué es el aborto? —le pregunté.
Ella humedeció sus labios con agua y suspiró.
—Es matar a un bebé cuando está en tu estómago. —me dijo.
Pensé por un momento sobre lo que ella había dicho.
—Mamá... —susurré.
Ella siguió revolviendo el jugo con más fuerza. Se sirve.
—Mamá. —repuse.
Ella apretó los labios y mientras dejaba de tomar su batido de fresa, se estalla entre sus manos el pequeño recipiente de vidrio. El cristal rompe su piel y comienzan a sangrar sus manos.
—Dime. —dice con euforia mientras me mira—. ¿No ves que estoy ocupada?
Mamá, ¿para qué vivo?
—Quiero morir. —dije mirándola fijamente a los ojos—. Papá no me quiere, les arruiné la vida.
No solo porque papá lo dice, sino porque si no hubiese nacido tú hubieses terminado tu carrera como modelo. Mi madre sacó un cuchillo del cajón, se acercó a mí y lo puso en mi cuello.
—¿Es eso lo que quieres? —me gritaba.
—Sí. —respondí, y asentí con la cabeza.
La sangre se me empezó a calentar y mis latidos a descontrolarse. Hazlo mamá, vamos.
—Te amo. —aseguró, mientras lloraba encima de mi sutil melena de cabello castaño. Sus manos ensangrentadas manchaban mi cuello de su fluido rojo, era como una tinta permanente que me hacía recordar lo feliz que fui al tener mi primer peluche el mi quinto cumpleaños. Bajé la cabeza y me dejé ir.
—¡BANG!
Un disparo. Su sonido me aturdió a tal punto que dejé de sentir el objeto punzante sobre mi piel. Todavía mantenía mis ojos cerrados, respiraba profundamente. Las manos de mi madre habían desaparecido, ¿qué pasa? ¿abro los ojos? ¿ya no estoy pisando la Tierra? ¿ahora sí tendré alas y podré volar por la ciudad de noche? Unos brazos gruesos rodearon mi cuerpo y me cargaron. Abrí repentinamente los ojos, tenía frente a mí a mi padre y a sus las lágrimas que corrían por mis mejillas.
10 marzo, 2013
Puede ir en paz.
Como cada mañana desde hace diez años llegarás al edificio de tu trabajo, estacionarás tu ahora viejo y destartalado auto, subirás una larga hilera de escaleras, saludarás a la recepcionista y ocuparás tu cubículo. Teclearás en silencio hasta la hora de comida, hora que claro a sido elegida por ti con el afán de coincidir con la menor cantidad de personas posible. Regresarás a tu puesto donde una loca idea te invade, tal vez tu día sea emocionante y pongas algún sello o tengas que sacar copias. Quizá, solo quizá, camino a casa tu vida cambie. Te das un zape mental.
Mientras te auto-regañas por distraerte, cada vez eres más duro contigo mismo y a la vez te vuelves más insensible. Estas distraído, pero no de la forma en que tu lo crees, como es de costumbre piensas en un error, no te das cuenta de lo que hay a tu alrededor, te rehúsas a ver qué has fracasado, que una mente libre que juraba no levantarse, ahora mismo está remitido en el cuerpo de un engranaje, reducido a un simple objeto con el destino dictado y sellado bajo los burócratas necesarios.
Deja de mirar el suelo, mira al frente y dime cómo has sido capaz de aprender a ignorar, explícame en que momento dejaste de luchar. No te hagas la víctima, acepta tu cobardía y grita cuánto te arrepientes, llora lo infeliz que eres y si aún, después de ello, no deseas luchar una vez más, si estás dispuesto a ser parte de aquellos que vivieron sirviendo al enemigo, en lugar de aquellos que murieron luchando por lo que amaban…puedes hacer el favor de matarte.
15 febrero, 2013
Esclavitud macabra.
—He notado que Asterión deja de pastar cuando ve que le observo, se coloca de lado para mostrarme su porte, y veo en él una nobleza y un valor que no he visto en ningún hombre. —explica la reina Amalia mientras tanteaba con el dedo, como si tocase la brisa—. ¿Cómo es que un toro noble vive en libertad en los campos y yo como reina le pertenezco a un rey solamente?
—No se preocupe. —dijo Heráclides mientras bajaba la cabeza en sombría ausencia—. Le prometo encontrar una respuesta para el final de la cuarta luna llena a partir de esta tarde.
Hacia la tercera luna, la reina había perdido su juicio, bailaba desnuda frente al toro y le vestía con las ropas de su esposo, le acariciaba y le daba frutos de comer y vino de beber. Clío siendo un hombre de virtud y proezas estaba completamente espantado por la escena, y sin embargo no podía deshacerse de Asterión porque era un regalo del dios del mar. Al comienzo del último día, Heráclides el hábil arquitecto, regresó con lo que parecía ser una vaca de madera revestida en pieles. Entre largas jornadas y mucho desear, la noche llegó a su fin y lo que era un sustento intento de satisfacción fue convertido en un bombardeo de preguntas dentro de su cabeza, pues el amor que sentía por la bestia no es de hombres, y tampoco por ellos ha de ser comprendido.
Solo nueve meses después con el respaldo de Clío, justo y sabio, nació un ser blasfemo, que de no ser obra de los dioses iría directo al Hades. Pero su destino era otro. El llamado Hijo de Asterión, el Minotauro, fue concebido y a la vez fue el asesino de su misma madre. Clío que de piadoso pudo superar al mas bueno de los mortales, fundó un laberinto donde los caminos hubieran de contener al monstruo, hijo de aquel amor imposible entre la reina y el regalo divino.
27 enero, 2013
Un caso de 1954.
Tocan la puerta de mi despacho a mitad de mi lectura sobre un interesante artículo de alguna posible regulación de la potestad punitiva del Estado.
—Adelante. —digo en tono severo. Gira la manilla y entra mi secretaria; una mujer de cabello ondulado castaño y unos ojos color miel.
—Señor González, le traigo esta carta de parte del Departamento Penitenciario.
¿Carta? ¡Qué disparates! Espero sea un asunto que pueda dejar a la deriva.
—Es de suma urgencia. —añade mientras me extiende un sobre color crema. Lo tomo, abro y extiendo el papel antes doblado en tres. Leo:
"30 de enero de 1954.
Juzgado número 14 de Madrid.
Juez Aguado González.
Me dirijo a vosotros con la finalidad de os avisarle que yo, Luis Shelly, hijo de la marquesa de Villasante, he denunciado a mi propia madre ante el juzgado de Madrid por su proceder algo extraño ante la muerte de su hermana Margot.
Al terminar el entierro de su hermana, he revisado la habitación y me he encontrado con un cuchillo largo y afilado junto a una tabla para cortar carne, por lo que he sospechado que su cadáver había sido mutilado.
Quisiera que investigaran este caso, pues ninguno de nosotros, siendo hermanos de ella, os ha dejado pasar a verla en el ataúd.
Firma: Luis Shelly."
—Por favor, manda a las autoridades a explorar este caso. Iré a entrevistarme directamente con el hijo de la marquesa esta tarde; llámalo y comunícale que venga hasta aquí. —explico mientras tanteo el posible panorama del caso.
—Está bien, ya mandaré la orden.
Diez y cuarto:
—Buenas noches, Juez González. —dice Shelly mientras entraba al despacho—. Disculpe la demora.
—No se preocupe, tome asiento. —digo cortésmente mientras le señalo una butaca de cuero color café. Él asiste con la cabeza y se sienta. Yo me acomodo en otro mueble ubicado al frente—. ¿Podría comentarme acerca de su madre y de cómo tomó la muerte de su hermana?
—Cuando Margot murió, el 19 de enero, mi madre prohibió la entrada a la habitación al resto de los humanos que querían verla y se encerró con ella junto al cadáver de su hermana, con la sola compañía de su compañero sentimental, José María Bassols. —explica mientras frunce el ceño al tratar de recordar algo—. Ella... ella siempre fue una mujer muy peculiar.
—Leí en la carta que encontraste un cuchillo, ¿hubo algo más en esa escena?
—Mi mamá tenía la extraña afición de diseccionar animales de todo tipo; encontré los cuchillos en una mesa con los materiales quirúrgicos que usa. Le gustaban los animales. Tenía 17 perros, tres gatos, 12 canarios y dos tórtolas. —hace una pausa y pone una mueca de asco—. Pero... una vez muertos les cortaba la lengua, le extirpaba el corazón y les arrancaba el pellejo. En alguna ocasión conservaba su cabeza.
Abrí mis ojos como par de platos llanos y un escalofrío me recorrió el cuerpo, mantuve la postura mientras respiré profundamente para decir:
—Creo que es suficiente información joven Luis. Puede retirarse.
Medio día:
Suena el teléfono de mi despacho y descuelgo rápidamente.
—¿Sí?
—Juez González, hablo del Cuerpo Nacional de Policía para informarle que acabamos de revisar la casa de la marquesa. —dice una voz masculina al otro extremo.
—¿Podría informarme dónde está ubicado y qué encontraron? —pregunto mientras saco de mi cajón un par de hojas y el expediente del caso para tomar nota.
—Barrio Argüelles, calle Princesa. La familia vivía en la calle Mayor número 58, de la provincia de Albacete, donde murió Margot. —explica el hombre—. Le pasaré al diplomado en Medicina Forense y Criminalística, él le declarará lo encontrado.
—Está bien. —digo en tono de agradecimiento.
Espero no llevarme sorpresas y acabar con este caso de una vez. Veo mi reloj marcando la una menos cuarto de la tarde. Escucho un sonido de una voz gruesa masculina.
—¿Aló?
—Buenas tardes juez; mi equipo de criminalística ha localizado un hacha pequeña de las llamadas de carnicero, con el mango de manera barnizada y tres remaches dorados.
—¿En dónde? —pregunto.
—Dentro de su habitación junto a una vasija en forma de cubeta, era de material plástico, la mitad inferior estriada, color blanco y la otra mitad superior transparente con tapa color rojo y asa de alambre con mango también color rojo. —hace una pausa y respira por la boca de manera agitada—. Esa vasija contiene, como puede comprobarse por la transparencia de su parte superior, una mano derecha, al parecer de mujer, seccionada por la muñeca, estando el recipiente lleno de un líquido transparente.
¿Y este es el nuevo descubrimiento?
—Ordeno la exhumación del cadáver.
—Como ud. diga. —establece el policía.
Cinco de la tarde:
Me monto en mi coche y me dirijo al cementerio de San José para verificar el desentierro del cadáver. Los vehículos policiales ubicados a los lados de las tumbas, una cinta de "no pase" y el director de la Policía Criminalística dándome señas para que detuviese el carro.
Lo apago y me bajo.
—Juez González, qué tal.
—¿Qué ha pasado con el cadáver?
—Acabamos de terminar de examinar el cuerpo.
—¿Qué han descubierto? —pregunto.
—Además de la mano derecha, le amputaron la lengua, le extrajeron los ojos en las cuencas y recortaron el vello público.
Mi cuerpo queda rígido al imaginar el hermoso rostro de la señora dañado por su hermana. Mi teléfono suena, recibo un mensaje. Lo reviso:
"Encontramos par de ojos y una lengua dentro de algunos frascos de vísceras de los animales de su habitación."
Este texto fue editado y transcribido en forma de historia.
Algunos hechos se mantienen intactos según las fuentes:
Un caso de 1954 y El caso de la mano cortada.
12 enero, 2013
Una danzarina.
Mi vida podía haberse comparado con una paleta de pintor. Ocurrían días especiales en donde tomaba la paleta y me inspiraba a dibujar un paisaje colorido con cientos de óleos diferentes, pero sucedía que mi felicidad caducaba en la mayoría de las jornadas. Mi almanaque se tornaba negro y usaba el blanco para tratar de aclararlo, aunque no daba resultado. Todo pasaba a ser escalas grises, en donde los colores oponían resistencia, se daban tonos desviados.
Tomando un baño y jugando con la espuma me di cuenta de que mi lado bohemio desaparecía cuando me transformaba en una bailarina de ballet. Esa sutil danza fluía a través de mí, haciéndome distorsionar la realidad con cada paso que daba. Así fue como crecí durante más de veinte años.
Enciendo mi radio con la canción de una composición musical de mi presentación pasada. Me levanto del tocador y voy hacia el frente del escenario. Me paro de puntillas y al escuchar la reanudación de la canción comienzo a bailar con pasos sofisticados y luego un repertorio del estilo cortesano. Doy un brinco y caigo con elegancia siendo refinada en mis movimientos. Bajo y subo mis brazos con ligereza mientras me apoyo sobre el suelo.
Frunzo mi ceño y tuerzo la mirada, necesito carácter.
Me levanto de golpe y alzo la barbilla mientras remarco el ajetreo de mis puntillas con rapidez. Subo mis brazos y ruedo mis muñecas en círculos. Desarrollo mi elasticidad muscular extrema y toco el piso estando sostenida en un pie. Volteo mi torso para estirar mi espalda, arqueo mis brazos formando una U con ellos, cierro los ojos, extiendo mi pierna hacia el frente para agarrar impulso y comienzo a girar... y a girar... y a girar...
Mis pies no se cansan y mis brazos siguen en la misma posición en los que estaban.
El aire se vuelve más frío, me acariciaba los poros de la piel como un soplo de invierno.
Siento que acompaña mis pasos, haciendo del viento pequeños silbidos.
Abro mis ojos y veo todo de color negro, veo la oscuridad, la tenebrosidad. Mis pies no reaccionan y mis brazos tampoco. Mi respiración se vuelve agitada y mi cara de porcelana pálida se comienza a sonrojar por los nervios. Muerdo mis carnosos labios, volviéndolos rojos. Al parecer, mis expresiones faciales son las únicas que puedo controlar. ¿Qué me habrá pasado? ¿Dónde estoy?
De pronto, escucho una voz infantil de una niña de unos seis o siete años.
—¡Gracias mami! —gritaba con alteración. El sitio en donde estoy se mueve, siento la gravedad controlar mi cuerpo pero sigo rígida. Veo claridad por un extremo y luego detallo por completo el rostro de la pequeña niña al frente de mi. Me observa con una sonrisa asombrada—. ¡Es hermosa!
—Se parece a ti cielo, y mira... —explica su madre, dejando en suspensión el resto de sus palabras. Ella me toma y gira una pequeña palanca plateada, al terminar el último "tac", comienzo a girar. Mis piernas solo reaccionan al movimiento circular del paso de ballet.—. También gira. —añade.
Y así fue como una bailarina de ballet se quedó atrapada dentro de una pequeña bola de cristal. Bailando sin parar las veces que le provocaba a la niña.
09 enero, 2013
Desgarradora aniquilación.
Estoy alterado, lo noto en cada lugar de mi estremecido cuerpo pero no queda más que enjaular todas las aves feroces con instintos asesinos que guardo en el infierno de mi alma. Tomo un buche de aire profundo y lo mantengo en mis oscuros pulmones, enfermos de tanto tabaco. Espiro y me volteo para darle la cara a esa mujer de melena rubia que me mira con el ceño fruncido.
—La inquisición española me ha vuelto loco. ¿A ti no? Solo escucho voces en mi cabeza hablando de los mandatos de control acerca del dogma y la herejía.
—Querido, cálmate, te lo pido. —ruega mi adorada súbdita que no llamo más que prostituta.
—¿Calmarme? —hago una pausa mientras me acerco a ella con pasos lentos—. Ojalá mis métodos de tortura fuesen efectivos contra esos desquiciados delincuentes flagrantes. ¿No te he contado? —ella niega con la cabeza y yo continúo—. Aquel hombre de cabello canoso y barba rebosante que he encontrado en nuestra casa no ha confesado porqué ha tomado mi bula.
—¿Tenías una bula? —pregunta ella.
Por un instante siento que debería de dirigir la palma de mi mano contra sus pómulos.
—¿Crees que la Cancillería Apostólica acepta epístolas sobre trozos de tela? ¿Me crees habilidoso como tú y tus ridículos anuncios sobre trapos viejos?
—Eso no era a lo que me refería. —alza su mirada con ojos mortíferos, como si quisiera matarme con el par de luceros marrones que tiene de ojos—. Digo, creo que pierdes el tiempo con él.
Mis pupilas se abren y miran atenta a esa cortesana.
—Creo que no es más que un simple labrador. ¿No viste su ropa? Tíralo ya. —añade.
¿Por qué será que siento que trama algo? ¿Será que se conocen? A juzgar por sus titubeos y su lengua movediza ante sus labios es notable que calla algo.
—¿Qué tal si vamos a buscar mi toga? La he dejado en una habitación de la iglesia.
¿Por qué dije eso? Creerá que es una trampa, trataré de ser más discreto.
—Así vamos a los bancos y podremos comer un poco de pan y tomar vino. —agrego con una sonrisa y le extiendo mi mano para que la tome y se levante. Ella accede y me acompaña hasta la cripta.
Llegamos a mi habitación preferida, o mejor dicho, mi cuarto de diversión. Frente a una puerta color marrón caoba tomo la aldaba y tiro de ella para llamar a mi viejo amigo Corban quien se asoma a los pocos segundos; es un anciano demacrado por el bajo consumo de alimentos, temeroso de cualquier sonido y alterado por cualquier grito. Las cicatrices de su cara son las puntas de cuchillos que he enterrado en su piel por no obedecer mis estrictas órdenes. A diferencia de la ramera de Dasha, él ha sido azotado hasta lograr desprender trozos de su carne.
—Se... Se... Señor Evander. —balbucea el viejo.
—Busca una trozo de tela oscura Corban.
—Sí Señor.
Sonrío levente para no poner nerviosa a mi ramera favorita, digo, a mi querida acompañante. Ella me devuelve la sonrisa algo asustada.
—¿No ibas a buscar tu toga y ya? —pregunta acobardada. Yo frunzo el ceño; mi dedo índice se dirige a su boca para notificarle que no deseo escuchar su voz.
Mi mirada hace una expedición de su cuerpo entero y termina en sus ojos que parecen gritarme en medio del intercambio unísono de nuestra respiración. Escucho unos pasos muy cerca del pasillo en donde estoy y la puerta se abre un poco más. Corban tiene en sus manos una tira de algún trapo color gris oscuro. La tomo y volteo hacia Dasha.
—Gírate. —le ordeno. Ella se da media vuelta y con el tejido tapo sus ojos para evitar que observe los cuerpos desmayados que están guindando en grilletes dentro del sótano. Hago un nudo fuerte y le acaricio su melena de cabello. La tomo de los hombros y la volteo. Agarro su mano y la pongo en mi brazo.
—Vamos. —le murmuro al oído.
Caminamos por pasadizos construidos por piedra sólida y vitrales donde adoraban a su religión. Cuerpos encadenados a las amplias paredes. Puertas con grilletes que mantenían a los prisioneros en soledad y oscuridad por semanas, meses o hasta años, porque a la inquisición el tiempo no le incumbía; podían esperar y así mediante, poder salvar otra alma perdida para el Cristo. Obispos cuyos retratos eran colgados cerca del sagrario. Un cuadro grande en representación al Malleus Maleficarum y su frase de: "justicia común exige que una bruja no sea condenada a muerte al menos que su propia confesión la condene"; todos estos retratos se ubicaban en el centro de un mesón lleno de pan duro y enmohecido con agua sucia que suplementaban la dieta de cucarachas y ratas. Para todos, la tortura era el medio aceptable para obtener dicha declaración.
Abrí una puerta de metal forjado, tomé de la cintura a Dasha para darle la señal que debía avanzar. Ella caminaba con pavor al escuchar el chillido de las cadenas de los prisioneros; luego, cerré el pórtico cuyo grosor del acero hace que no pase ningún tipo de sonido. Encendí las lunes tenues del pequeño aposento y la senté en una parihuela. Tenía una expresión muerta y la piel de gallina, su respiración se encontraba acelerada.
—Quiero hacerlo. —le digo murmurándole entre sus labios. Mis manos se acercan a su cara, se resbalan por sus mejillas y toman su cabello para que el beso sea forzado. Se tensa, deja de respirar por unos instantes y se vuelve pausada. La acuesto en la funda color vinotinto mientras sigo besándola.
—Alza las manos. —ordeno. Ella sube sus brazos por encima de la cabeza. Tomo unas esposas y se las pongo enganchada en los grilletes del encabezado de la camilla.
—Querida, quiero hacer las cosas diferentes. —hago una pausa mientras mis dedos se deslizan sobre sus pechos, su cintura y se detienen en su vientre—. ¿Quieres beber algo primero?
—Quiero que me quites la venda de los ojos.
—No puedo, es parte de mi plan.
—¿Qué plan? —grita a punto de sollozar.
¡Impresionante Señorita Dasha du Antzas! Si tus nervios no te hubiesen traicionado no estarías aquí como una maldita perra. A ver, a ver, a ver... ¿torturarte hasta que me digas quién es este tipo?
—Algo que tengo en mente. —le respondo. Me levanto y busco unos metros de soga con la que ato sus pies a los extremos de la cama. Al terminar con el segundo tobillo escucho que tocan la puerta.
Abro una ranura por la que puedo ver los ojos de la persona que toca.
—Señor me dieron esto. —dice Corban con una sonrisa falaz. Me entrega una especie de sobre con una gran firma delante: "Incítala a confesar". La curiosidad sobre sale mis límites y rompo el papel hasta que me encuentro con una carta de mi tía.
"Héctor Evander, mi cielo...
Acabo de ver esta madrugada a una chica rubia husmeando por tu habitación. La he conocido cuando salió, ya le iba a quitar las tripas de un golpe si no se presentaba. Me parece muy linda pero con un temperamento agrio. ¡Por cierto, me ha contado que será tu futura esposa! Y tú que no me habías contado nada, ¿tan mala soy para guardar secretos, eh? Lamento decirte que mi hija Bárbara la ha visto con otro hombre más o menos de su edad. Me dijo que andaba revolcándose con ella. ¡Discúlpame! Debía decírtelo. Sé que te pondrá algo triste saberlo pero sabes bien que tu tía siempre te dice las cosas que sabe, además, eso te enseña a que primero deben de pasar por la supervisión mía. Te quiere, Mirtha."
¿Futura esposa? ¿Tiró con otro hombre? ¿Buscó algo en mi habitación?
Sonrío de forma maquiavélica. Mirtha sabe de mis métodos de tortura hacia los demás, pues mi terrible pasado escrito entre azotes, golpes y cuchilladas me han dejado vacío de sentimientos hacia cualquiera. Mi espalda tiene un montón de cicatrices que muestran un rápido vistazo al resumen de mis lejanos y oscuros recuerdos. Le entrego nuevamente la carta a Corban, cierro la ranura y me dirijo a mi preciosa doncella.
Me siento a su lado mientras veo las lágrimas rodar por sus mejillas. Las palpo con mis nudillos y siento su humedad en mi piel. Muerde sus labios con más fuerza, sabe que le haré daño.
—¿Cómo quieres morir? —cuestiono.
—No... por favor no... no me hagas daño. —ruega sollozando.
—¿Por qué no habría que hacerte daño, amor?
—¡No me digas amor! —grita desesperada.
Me gusta cuando se agita. Me gusta su voz alterada. Me gustaría escucharla gritar lo más fuerte que pueda.
—¿Cómo quieres que te llame? —pregunto. No responde. Mis manos se acercan a su cintura y ella trata de soltarse pero está completamente indefensa.
—Shhhhhhh... la princesa no debe de moverse o esas esposas le harán marcas en sus lindas muñecas. —subo las manos hasta su cuello—. Ahora, cuéntame... ¿quién ha sido ese tío con el que has estado en mi habitación haciendo morbosidades?
Ella se queda inmóvil y su boca se abre para obtener aire. El miedo... el pánico la cubre con un manto que la asfixia. Quito mis manos de su cuello y me levanto para buscar mis herramientas.
—No me hagas daño. —implora—. Perdóname... ¡Perdóname! Quería buscar el documento de muerte de mi padre porque había escuchado que fuiste tú... —hace una pausa y traga saliva—. ¡Fuiste tú el maldito que lo mató!
—¿A qué viene tener sexo en mi habitación? ¿Te pareció acogedora? —le pregunto mientras me dirijo a ella nuevamente—. Cierto... eres una ramera que vive en un chiquero buscando dinero con eso. —digo entre dientes cerca de su oído. Cuando levanto la cara, me escupe y su saliva cae en todo mi rostro.
—¡Maldita! ¡Eres una maldita! ¡Morirás, sufrirás! ¡Y hasta peor de lo que sufrió tu inútil padre! —le grito dejándola temblando.
Me dirijo a la pequeña mesa que tenía encima una botella de vino tinto. La destapo y me tomo una copa mientras la observo llorar.
—Sería divertido ver a alguien en el aplastacabezas. Tenía tiempo sin detallar una muerte tan... espléndida. Dime, ¿te han contado alguna vez cómo funciona? —bebo un sorbo de la bebida embriagante mientras espero obtener su respuesta. Pasan veinte.... veinticinco... treinta... treinta y cinco... cuarenta segundo y solo abre la boca para respirar. Voy hacia ella. Paso por sus brazos un clavo de acero mediano con una punta perfecta para tajar.
—¿Sientes eso? ¿Lo sientes? Mira el filo que tiene. —lo tomo y le rasguño la palma de la mano. Ella grita mientras veo la sangre cayendo por los grilletes—. Se volverá más divertido si sigues haciendo silencio en vez de responder a lo que digo.
Voy a mi silla y bebo más vino.
—¿Qué te estaba contando? —digo mientras mi dedo índice se estaciona en mis labios y mi mente trata de retroceder unos minutos—. ¡Ah! ¡El aplastacabezas! Es algo muy de la Edad Media pero, es muy entretenido. ¿Sabes qué hace eso? —pregunto. Ella niega con la cabeza—. ¡No muevas la maldita cabeza!
—No. —responde con voz cortante.
—Bien, lo imaginaba. —doy un sorbo de vino—. Es una maquinita sencilla. Primero destroza tus alvéolos dentarios, después las mandíbulas y luego el cerebro se escurre por la cavidad de los ojos y entre los fragmentos del cráneo. ¿No te parece divertido? Hacer explotar cabezas y dejarlas tiradas en el piso con los sesos en el asfalto.
Recuerdo que hace unos meses, un niño pequeño de unos siete u ocho años fue torturado con este método. Me reí a carcajadas cuando su cara comenzó a colorarse y volverse rojo como un tomate, luego estalló y manchó el vestido blanco de mi madre. Aplaudí por tan distante chorro de sangre.
—¡No es divertido! —chilla.
—Está bien, está bien. —protesto—. ¿Qué te parece si... te ato en mis grilletes altos boca abajo?
—¿Para qué? ¡No quiero que me toques!
—Tranquila corazón....
—¡No me digas así! —interrumpe.
Oh... ¿a qué mujer no le gustan los apodos cursis y sosos? Esta chica vale más que mi cripta con aparatos de tortura.
—Quizás pueda pasar una sierra por su entrepiernas. —al terminar de mencionarlo, ella trata de flexionar los muslos—. Cielo, la soga es más resistente que tu.
Saco mi más preciado revólver para matarla en seco de un tiro. Más nunca quiero ver el rostro de una miserable traidora como ella. Lo tomo con un mano y con la otra busco su pequeño fieltro con la que la limpio. Desenfundo y me acerco a Dasha. Alzo mi mirada hacia su mar infinito de lágrimas que sigue sin control.
—No llores nena, no dolerá.
—Púdrete. —dice entre dientes.
Alzo mi ceja con la impresión de dicho comentario. Introduzco mi pistola a la fuerza en su boca y la empujo hasta llegar al tope de sus amígdalas. Trata de alcanzarme pero no puede. Su cabeza gira de un lado a otro en busca de aire. La pólvora de seguro llegó a su garganta. Mi dedo se dirige al gatillo a punto de dejar soltar una bala para perforarla, pero me detengo... saco mi revólver y escucho como da bocanadas de aire puro a medida que tose.
—¿Por qué... no... lo hiciste? —me pregunta. La miro a los ojos, pues la venda se ha rodado con mis movimientos rudos por tomarla del cabello. Me doy media vuelta voy en busca de mi chaqueta—. ¡Dime!
Cuando quiero que hable no lo hace, es tan quisquillosa. Me gusta cuando su voz alcanza ese tono... alto, ronco, sin fuerzas de más.
—Necesito algo más deleitoso. —respondo mientras tomo mi cuchillo del bolsillo inferior. Tan filoso, tan sutil; hermoso y brillante objeto—. Y tu serás quien me de tan ameno momento; por cierto, me gusta tu blusa. —digo en tono suave mientras se la arrancaba rasgándola con el filo del cuchillo—. Pero, se ve mejor tu pecho así.
Subo la mirada hasta su rostro y detallo sus ojos de piedad.
—Me molesta esa carita. —argumento mientras le rasguño sus pómulos, su frente, su barbilla—. A ese delicado ángel le ha tocado morir.
Me detengo ante el placer tan factible que es maltratarla y hacerla gemir del dolor. Doy una ojeada nuevamente a sus pechos, le quito el brassier rompiéndolo cerca de las varillas y presiono sus senos con la parte plana de mi cuchillo. Siento ira al escuchar sus quejas. La rasguño de nuevo. Su pecho empieza a sangrar más que su cara. Las sábanas se comienzan a teñir de rojo carmesí. Quisiera ver correr este líquido por su cuerpo, que lo toque, lo sienta, vea como se agotan sus esperanzas de vida. Me levanto y me dirijo a mi ángaro donde caliento mi cuchillo con las llamas. La veo sollozar más fuerte del dolor.
—Todo será igual. —alzo mi voz para que me escuche—. Grita más. Nadie te escuchará. —le digo sonriendo hasta que veo que mi preciosa pieza de metal cambió su color como el de sus mejillas, rojo vivo. Está entusiasmado por el ardor que quiere crear en ella.
Voy rápidamente hasta Dasha para acariciar su piel. Comienza a chillar del dolor y a estremecerse, tirando fuertemente de sus brazos y haciendo sangrar sus muñecas; pero yo sigo haciendo que mi cuchillo la abrace, la haga adherirse a él por instantes hasta que tiro para llevarlo a otro lugar de su cuerpo.
—¡Basta! —grita mientras yo me divierto.
De la misma forma que se entretuvo en mi habitación con otro, yo obtengo placer con esto. ¿No sería estar a mano?
—Un error se paga con error. —explico entre dientes. Trozos de piel calcinados y otros medio carbonizados. Mi querido cuchillo está enfriándose. Tal vez deba de acabar con esto de una vez—. Dime todo lo que quiera saber.
Ella frunce el ceño y luego muerde sus labios por las quemaduras de su cuerpo. Aprieta sus ojos y las manos las transforma en puños al escuchar mis palabras.
—¡Dímelo!
—¡Vete al infierno! —responde.
¿Infierno? Esa palabra... es una burla. Yo solo torturo al pecador por sus equivocaciones, su falsedad, sus mentiras y sus fallos. Es lo justo, ¿no? Sacrificar su propia vida a cambio de inmortalidad al lado de la muerte.
—Morirás. —le digo como últimas palabras.
Mi cuchillo lo introduzco en su boca y rompo su mejilla de un solo tirón. Presiona sus piernas pero no puede desatarse. Voy con el otro cachete y aplico lo mismo. Su boca parece una gran sonrisa, y al verla articulo un gesto de satisfacción. Paso la parte lisa por su cuello y lo introduzco como estaca en su corazón, dando así el fin de su existencia.
Observo las gotas de sangre cayendo sobre el suelo de marfil. Podría contarlas, podría ser un nuevo pasatiempos... pero no. Me giro y busco mi copa de vino, me siento y me voy acabando la botella brindando por su muerte.
29 diciembre, 2012
Trance de un homicida.
Aquel hombre había cumplido un sueño, llevar su mente al límite y sentir en sus venas la excitación de comprobar la perversidad del hombre. Había hundido la hoja del cuchillo en las vísceras del primer hombre que encontró en la calle, lo había retorcido y al sentir la sangre en su mano y llevarla hasta su boca había sonreído de una forma escalofriante. Seguidamente alzó su otra mano con la que sujetaba un cuchillo y, bajo la luna, resplandeció el filo lleno de sangre. París quedó iluminada por un instante, pero no se lograba distinguir si era por la luna llena o por la malévola sonrisa de aquel hombre.
La gente dormía placenteramente en su casas, sin saber que la humanidad había liberado a un monstruo. Nadie se imaginaba que una persona pudiera disfrutar tanto al sentir la sangre caliente correr por sus manos y al escuchar agonizar a un pobre inocente. Cada noche, hasta que las campanas celebraron su muerte, se podían escuchar desgarradores gritos suplicando clemencia. Por la mañana, un reguero de sangre desvelaba quien había sido la víctima de otro atroz crimen. Mientras tanto, un hombre, si es que se le puede llamar así, limpiaba meticulosamente su cuchillo a la vez que tramaba su próximo asesinato.
Con solo imaginarlo empezaba a sudar, se excitaba y una estruendosa y terrorífica risa resonaba en la habitación. Aquel hombre no murió por causas naturales, murió por gusto propio. Una noche nació en él la firme idea de experimentar nuevas sensaciones, así que sin pensárselo dos veces, cogió su cuchillo y lo hundió en su vientre. La sangre brotaba con frenesí y, por extraño que parezca, aquel hombre no sintió dolor sino un profundo placer al experimentar el mayor de los acontecimientos de la vida de un hombre: la muerte. Aquella noche su sonrisa no iluminó París, iluminó el mundo entero.
Si alguien le hubiera mirado a los ojos, y hubiera sobrevivido,
hubiese jurado que aquel hombre no tenía alma y era el mismísimo diablo.
22 diciembre, 2012
Antítesis.
Obstaculizo las cosas que no quieren irse camino de la desesperación ingenua. Cae la noche en la que quiero ser de agua, que tu seas de agua, que las cosas se deslicen a la manera del humo, imitándolo, dando señales últimas, grises, frías. Palabras en mi garganta. Sellos intragables.
Las palabras no son bebidas por el viento, es una mentira aquello de que las palabras son polvo, que se esfuman, ojalá lo fuesen, así yo no haría ahora plegarias de loca inminente que sueña con súbitas desapariciones, migraciones, e invisibilidades de tu cuerpo en mi mente.
El sabor de las palabras, ese sabor a vientre viejo, a hueso que despista, a animal mojado por agua negra. El amor que me obliga a las muecas más atroces ante el espejo.
Yo no digo sino mi asco por el lenguaje que contiene esos hilos morados, esa sangre aguada. Las cosas no ocultan nada porque las cosas son cosas, y si alguien se acerca ahora me pondré a aullar y a darme de cabeza contra cada pared infame por creerme sorda de este mundo. Mundo tangible, máquinas emputecidas, mundo usufructuable.



