Jorge Luis Borges:

"De los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro; todos los demás son extensiones de su cuerpo. Sólo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria."

Billy Wilder:

"La televisión no ha podido acabar con el cine porque la gente quiere estar allí, quieren ser los primeros, quieren oír las risas de otras personas."

Théophile Gautier:

"Una de las glorias de la civilización sería el haber mejorado la suerte de los animales."

John Lennon:

"Algunos están dispuestos a cualquier cosa, menos a vivir aquí y ahora."

Woody Allen:

"El sexo sin amor es una experiencia vacía. Pero como experiencia vacía es una de las mejores."

Menandro de Atenas:

"No es vergonzoso nacer pobre, lo es el llegar a serlo por acciones torpes."

Adolf Hitler:

"Sólo se combate por lo que se ama; solo se ama lo que se estima, y para estimar es necesario al menos conocer."

Gustavo Adolfo Bécquer:

"El alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada."

Marilyn Monroe:

"Era consciente de que pertenecía al público, pero no por mi físico o por mi belleza, sino porque nunca antes había pertenecido a nadie."

30 junio, 2013

Yo soy la voz.

Su padre la llamaba esquizofrénica y ella se lo creía. En vano, intentaba callar las voces que a diario la atormentaban; ella no entendía que necesitaban su ayuda, es más, no le importaba. Tal vez era demasiado para una adolescente cansada de ser tildada como el bicho raro de la familia. No sabía o era incapaz de aceptar que si lo era.
—Ven conmigo. —una tenue voz que se colaba por su oído derecho la llamaba con insistencia
—¡Cállate! —gritaba.
La puerta de su habitación se abría violentamente, mientras una mirada inquisidora y a la vez alarmada intentaba encontrar al causante de su repentino. Nadie.
—Ay Eliana, me tienes harta. ¿Acaso no es suficiente martirio para una madre dos hijos que nunca están en casa, un marido indiferente y una casa que se está cayendo? ¿también tu?
El portazo de la puerta era a lo único a lo que podía responder.

Que soledad la que sentía, si ni su madre la toleraba. ¿Qué más podía esperar? Solo la música celta y la lectura sobre historia egipcia la consolaban; y una hermosa hada de orejas puntiagudas que acariciaba su pelo. Algún día abrirás los ojos, mi niña.

Los días y los meses transcurrían, el colegio estaba a punto de terminar, poca cosa para ella.
—Más tiempo con mi hermosa familia. —se reía con sarcasmo.
Su única distracción en las clases eran sus hermosos dibujos, gnomos, duendes y hadas hacían parte de un gran bestiario que nadie podía encasillar en ningún estilo; todo el tiempo se la pasaba dibujando; lo que sus maestros enseñaban era muy poco interesante, porque ya lo sabía (o mejor, se lo habían dicho). Su falta de atención siempre molestaba, más cuando era obvio que nunca atendía nada de lo explicado en la clase y aún así lograba responder las preguntas que se le hacían. Las monjas la consideraban rebelde, irrespetuosa e indisciplinada. Sólo el maestro de historia veía su gran capacidad imaginativa, pero, ¿qué podía opinar un hombre en un claustro religioso para señoritas? Nada. Luego de una terrible discusión con su padre, en la que él insistía que debía ir con un psiquiatra y ella le refutaba que mejor se lavara los oídos. Eliana decidió que no podía más. A su familia le importaba más el qué dirán que su sentimientos; ella no había pedido llegar a la familia feliz, no se le había atravesado a nadie —como solía reprochárselo su madre— simplemente nació en un mundo que no le correspondía. Afortunadamente tenía la solución. El cuchillo de la cocina.

Grande afilado y en sus manos. Nadie notó cuando lo tomaba del mesón de la cocina, ni cuando atravesó la sala hacia el pasillo de las habitaciones; todos veían televisión tranquilamente. En su habitación las lágrimas le nublaban la vista y no le dejaban ver dónde debía cortar. Apretó con fuerza sus parpados, como queriendo exprimir las lágrimas que inundaban sus ojos. Ya podía ver con más claridad las pequeñas venas de la muñeca derecha, con ese color azul que tanto le molestaba; el cuchillo en su mano izquierda, dudoso. Lo sostuvo firme y lo puso en su muñeca.
—No creo que la muerte duela tanto como vivir —pensó, y se dispuso a rasgar su carne.
—¡Noooooo! —dijo una dulce pero repulsiva voz.
El grito provenía desde fuera de su habitación, se asomó por la ventana y entonces la vio. ¡Qué criatura más hermosa! Más aún que sus dibujos, más de lo que algún día pudo imaginar. Sus bellos ojos verdes brillaban de ira, reprochándole por lo que había estado a punto de hacer.
—Te he dicho tantas veces que vengas conmigo.
—Yo… yo simplemente no lo podía creer.
—¿Vendrás conmigo?
Eliana ya no dudaba más, sentía tanta paz y una felicidad como nunca antes sintió; ella irradiaba amor, ternura, comprensión… el interrogante ahora era:
—¿A dónde me llevarás?
Un sutil toc-toc en su puerta la sacó del trance. Era su madre avisándole que tenía visita.
—¿Visita, yo? —pensó.

Su profesor de historia se encontraba en la sala, respondiendo con tranquilidad las estúpidas preguntas de sus hermanos. Una dulce sonrisa se asomó en su rostro cuando la vio.
—Imagino que estabas leyendo, ¿o dibujando tal vez?
—Eee… sí, sí, leía sobre la reina Ahotep.
—¡Oh! ¡La reina que ayudó a los egipcios a liberarse del yugo hicso!
—Sí señor.
La mirada de Eliana buscaba con desespero a través de las ventanas la criatura que le había impedido suicidarse, pero ya no estaba. El maestro traía excelentes noticias para Eliana, en uno de sus constantes descuidos había dejado olvidado uno de sus tantos dibujos y el aprovechó para mostrárselo al decano de la facultad de artes de la universidad en la que también trabajaba. Se había ganado una beca. Total conmoción y felicidad por parte de sus familiares; asombro y confusión de su parte. Luego de agradecer la ayuda de su maestro, éste tomó sus manos y como si no hubiera más nadie alrededor le preguntó:
—Dime Eliana, ¿vendrás conmigo?

27 junio, 2013

Verónica.

Brota la sangre la cual sale disparada de mi brazo. Los cortes en la piel me hacen sentir vivo y más cuando veo poco a poco que el líquido rojo gotea en el suelo. Un corte más profundo en la muñeca izquierda hace que empiece el principio del fin donde ya no habrá marcha atrás.

—Está hecho. —digo, mientras sonrío ante el espejo.
Pronto abandonaré el mundo de los vivos para poder ser eterno en la oscuridad. No tendré que enfrentarme cada día a los gritos de mi casa; los golpes que un día recibí de mi padre serán parte de otra vida; nunca más veré a mi madre con la nariz rota y nunca más tendré que soportar el olor a alcohol en todos los rincones de nuestro hogar. No quiero seguir aquí, no quiero luchar más conmigo mismo, quiero descansar para siempre.
Se me nubla la vista. Me mutilo de nuevo. Noto el fluir de la sangre por mis brazos. Siempre supe que este momento llegaría. Causará sorpresa en la gente pero ellos no saben el peso que soporté durante días, semanas, meses y años. Siempre aparentando lo que no soy. La vida no era lo que yo esperaba.

No siempre fue así.
Hubo un tiempo que pudo llamarse felicidad. El amor lo cambió todo, conocí a una persona un día inesperado y el tiempo me parecía eterno. Cada día despierto pensando en sus ojos, esos luceros marrones eternos en los que me paseaba horas y horas, donde podía recorrer con mis dedos su infinita espalda, donde cada beso era una pequeña delicia y me pasaba las horas deleitándome en esa boca de sabor dulce, donde hacer el amor era lo que un ser humano podía aspirar. Yo tenía esa suerte, estar con la mujer que colmaba todas mis aspiraciones como persona, no podía pedir más.

La conocí en el metro, nuestras miradas se encontraron como si el destino fuese caprichoso, nos dijimos todo con ese destello, la intensidad de sus ojos abrieron mi alma de par en par. Sabía perfectamente que delante de mí se encontraba la persona que daría un giro a mi existencia. No tardamos en intimar, las palabras fluían y fluían sin cesar. Diez mil veintitrés días pasé a su lado. Me fue arrebatada en el camino del trabajo a casa, un conductor borracho la atropelló en un paso de peatones. Se dio a la fuga y la dejó allí tirada en el suelo… ahogándose en su propia sangre. Nunca fui testigo de ese momento, pero no se me borra de mi cabeza su voz y sus ojos, sus pupilas dilatadas apagándose poco a poco sin poder hacer nada, su cabeza contra el suelo rodeada de sangre y murmurando sus últimas palabras sin sentido.
Ese fue su final. Sin despedidas. Ahí terminó la vida de Verónica, el 4 de febrero de 1910.

4 de febrero 1911
Un año exacto después de su muerte ella vino a verme, frente el espejo ella estaba ahí, su rostro impoluto frente al cristal, no puede hablarme con su boca pero una vez más sus ojos me bastan. Sé lo que quiere. Lo esperaba en cierto modo, sé que volvería por mí y me llevará con ella hacia lo eterno. La muerte será eterna para los dos y permaneceremos juntos por siempre jamás. Así fue como tomé un bote de pastillas y las tragué sin parar. "Pronto estaré con mi amor", decía. Se me cierran los ojos y caigo estoy listo para el viaje.

18 de febrero de 1911:
Despierto en el hospital. Mis ojos no se abren tanto por la luz que hay en la habitación. Pasan dos semanas y mi familia me informa que llevo 5 años en coma. Es imposible. Miro en mi cartera y Verónica no existe. Donde antes estaba su retrato ahora no hay nada. Me dicen que mi padre me golpeó una noche de borrachera y caí contra el suelo. Puedo recordar cada segundo qué pasé al lado de esa mujer, sin embargo no hay rastro de su existencia ante el nuevo mundo que despierto. Apenas duermo y sus visitas en sueños empiezan a ser frecuentes, siempre se repite la misma imagen:
Yo estoy situado frente al espejo de mi casa junto a un cuchillo y con mi mano derecha empiezo a cortarme las venas, ella me sujeta mi brazo y me ayuda en mi propósito, pero sólo en el espejo. Siento su calor al tocarme pero físicamente no esta a mi lado. Ella es mi guía en este nuevo camino, nos encontramos desnudos los dos y la sangre empieza a llenar mi cuerpo. Me excita esa sensación. Cuando la obra llega al clímax me despierto empapado en sudor. Me giro en la cama hacia el otro lado y me la encuentro de nuevo. Verónica me mira y me acaricia la cara, noto como sus dedos fluyen por mi piel y hacen lo que sólo ella puede, me hacen sentir vivo, me besa y hacemos el amor lentamente; su físico es eternamente bello, sus ojos son de un animal incontrolable, es ella en estado puro, pero... de repente entre jadeos, empieza a sangrar por la boca, le beso más fuerte y compartimos el sabor tan especial de su sangre, las sábanas se tiñen rojas y ella no para de reír, se acerca a mi oído y me susurra que ya estoy listo donde despierto de nuevo. Otra vez estoy en mi cama, al girarme esta vez ella no está.

Pasa el tiempo y mi familia de nuevo me repite que no conocen a ninguna Verónica, ningún amigo ni conocido puede responder a mis preguntas. Su tumba no está, su casa no es su casa, su familia no existe.
Los psiquiatras dicen que Verónica es producto de mi imaginación, que no es real, por fechas la debería haber conocido aun estando en el coma, pero yo recuerdo perfectamente su mirada aquel día en el metro. Ellos quieren que crea que mi entrada en el hospital se llevó a cabo el día 18 de abril de 1907. Su teoría se basa en que mis cinco años en coma he creado una vida paralela a la realidad y que ahora no sé distinguir lo real de lo ficción. Mienten. Les sigo la corriente porqué ya sé donde reunirme con Verónica… será esta noche frente al espejo.

Esa misma tarde empiezo a recordar cosas del pasado que hasta ahora quedaban ocultas para mi memoria. Empiezo a recordar el olor a alcohol en mi casa. Siento en mi carne las palizas de mi padre, los gritos, las peleas, empiezo a dudar de todo, estoy perdido, solamente Verónica puede sacarme de esta vida y llevarme a la que una vez tuve.

Ante el enorme espejo comienza mi camino hacia la salvación. Desnudo frente a él mi ritual va tomando forma, la afilada punta del objeto cortante empieza a bailar sobre mi cuerpo, va definiendo el tramo a trazar, susurra sobre mi blanca piel y se clava en las venas de mis brazos. Primero siento que los cortes me queman, pero cuando la sangre brota se me pasa esa sensación. Lentamente me recreo en la escena y soy consciente de que Verónica se aproxima. Tarda poco en aparecer al otro lado del cristal, su leve sonrisa perpetua hace que me sienta bien, sé que estoy haciendo lo correcto y podré reunirme con ella. Su magnífica figura desnuda hace que sienta electricidad por dentro, millones de sensaciones florecen en mi alma. Puede hablarme con su pensamiento, somos dos seres en uno y la eternidad nos fundirá para siempre. Me pide que pegue mi mano izquierda con la suya derecha en el espejo. Noto el tacto de sus dedos llenos de vida, esos dedos que tantas veces se perdieron en mi cabello, blancos como la porcelana se funde con el rojo sangre y la imagen resultante es espectacular, todo fluye al ritmo que ella marca. Los susurros que emite me van marcando las pautas de lo correcto en este raro trance. La temperatura empieza a bajar y debido a la perdida de sangre empiezo a ver con dificultad. Borroso. Su voz es más lejana, poco a poco se va perdiendo en el infinito y noto que mi existencia en este mundo llega a su fin. Ella es mi guía, mi ángel. No puedo mantener los ojos abiertos durante más tiempo, parecen de plomo, así que me dejo llevar por mi musa, es mi destino.

Abro los ojos. Oscuridad plena. Silencio absoluto. Deslumbro una especie de puerta a lo lejos, no logro verla correctamente pero me acerco lentamente sin saber aun el lugar donde me encuentro. Llego a la puerta y mi sorpresa es enorme. Puedo verme a mí mismo. Me reconozco, mismo físico, mismos gestos, misma voz. Comienzo a sentir escalofríos ante la idea que mi mente me sugiere. No puede ser. Golpeo con fuerza e intento gritar pero mi voz no tiene audio. Veo los ojos de Verónica en el ser que observo desde este lado del espejo. Sonríe y se marcha. El miedo se apodera de mi cuerpo. Desesperación. Ese ser se ha apoderado de mi cuerpo, me ha remplazado y estoy destinado a vagar mi alma en este insólito y oscuro lugar, donde el tiempo no existe ni la vida es como la conocía antes. Creo que es un infinito. Sin principio ni final. Siempre estaré aquí, al otro lado del espejo, pensando cómo podré hacer para regresar al otro mundo, tal como una vez Verónica hizo conmigo.

25 junio, 2013

¡Clic!

Siempre fui un tipo con suerte. Desde joven poseí el don del acierto, y la suerte no me ha abandonado nunca desde entonces. Jamás he dudado en mis apuestas y siempre he salido airoso de ellas. El azar me ha reportado una vida sin aprietos, llena de lujos, que la mayoría de gente ni tan siquiera puede llegar a soñar. 

Nunca han faltado a mi alrededor preciosas mujeres, ropa cara y coches a la disposición de mi mano. Pero, amigos, es una cosa curiosa esto de la suerte, el ganar siempre acaba por convertirse en una carga pesada. La suerte en exceso termina por ser algo demasiado envidiado, cae a mi vida como una sólida materialización de esas envidias. Ahora me doy cuenta de que todo el mundo que pasó por mi vida no fue más que por mi suerte, quizás con la intención de conocer mi secreto o de beneficiarse de algún modo de mi don afortunado.

Con el tiempo, la suerte me ha llevado a convertirme en un ser solitario. Ya no es ningún aliciente para mí el ganar fajas de billetes en los casinos, me siento totalmente indiferente cuando veo en mis manos el cupón ganador de la lotería de la semana. Todo el mundo se aparta de mí, ya no encuentro compañeros de mesa en las timbas de poker porque a nadie le gusta jugar si sabe que perderá, sin ningún género de dudas. Ahora, el juego ya no es para mí ningún placer y tan solo apuesto cuando las putas y el alcohol han quemado todo mi dinero. Me arrastro con nocturnidad por los clubs de la ciudad y me despierto con dolor de cabeza en cualquier cama desconocida.

Pero hoy es un día diferente, aquí sentado en esta mesa siento de nuevo ese cosquilleo en las manos que hacía años que no sentía. Tiemblo de emoción al girar el tambor del revólver. Me traigo sin cuidado el dinero que se amontona sobre la mesa, retraigo sin cuidado los rostros sádicos que me miran aguantado sus sucias respiraciones. Hoy me siento de nuevo vivo y juego porque tengo ganas de jugar. Apoyo el hierro frío de la pistola sobre mi sien, sonrío y lentamente aprieto el gatillo… ¡click!… puta miseria, no hay bala en la recámara. Dejo de sonreír, hoy, por primera vez en mi vida, he tenido mala suerte.

24 junio, 2013

Celos.

Vaya sentimiento intratable que conservaba en lo más profundo de mí. Esa compasión de querer tenerlo siempre conmigo, a toda hora, a todo minuto, a todo momento. Él era todo mi mundo, toda mi razón de vida. Lo veía siempre desde la ranura de su puerta, deseando entrar y poder tenerlo solo para mí.

Todos los días le enviaba regalos y cartas de amor, pero él las rechazaba una a una.
Un día decidí hacer mi jugada, yo sabía que él estaría en su apartamento así que me puse mi mejor ropa y toque a su puerta.
—¿Quién eres? —dijo el al abrir la puerta. Estaba casi medio desnudo, su hermoso cuerpo estaba descubierto, sus ojos brillantes se quedaron fijos ante los míos. Sonreí.
—Soy...
—¿Quién es, mi vida? —dijo una mujer detrás de él. Estaba en ropa interior y me miraba con asco. Salí corriendo de allí avergonzada y con un odio profundo. ¡Él era mío, mío, mí! ¡Y ella no lo merecía!

Esa noche tomé un largo y afilado cuchillo y me fui a su habitación. Había conseguido obtener una copia de su llave entrando al departamento del conserje. Él se encontraba con esa muñeca de trapo y no conmigo. Con ira y placer pase la cuchilla por el pecho de la mujer, la pobre no tuvo tiempo de chillar, pero disfruté al ver su sangre salpicar en su sucia y contaminada cama. A él lo apuñale levemente por un costado, aún no estaba muerto.
—Bien. —pensé. Me coloque tras él, aún gimiendo de dolor, sintiendo cada vez su respiración más tenue, y lo abracé mientras seguía escurriendo su sangre.
—Te adoro, pero recuerda que eres solo mío y no de otras.
Entonces pasé la cuchilla a través de mi cuerpo atravesando también el suyo, como una brocheta donde lo último que vi fueron nuestras sangres juntas… al igual que nuestros cuerpos.

23 junio, 2013

Te quiero, pero de una forma extraña.

Te quiero, porque te quiero, sin razón alguna y sin explicación que valga algún tipo de sentido lógico. Te quiero porque te quiero aquí al lado mío, a mi lado donde pueda verte, a centímetros de mis labios para poder besarte. Te quiero para una noche y luego otra. Quizás, te quiero para todas las noches del resto de mi vida.

Podemos compartir un café o mi habitación. Te invito una cena y luego te dejo mis sueños de postre. Podemos intentarlo o podemos pasar por desapercibido. Ante todo dejando un atardecer de souvenir para recordar el día que pudo ser y resumir una vida.

No quería quererte como te quiero. No quería sufrir tus silencios. No quería bombardear mi corazón con anhelos de tus besos. No quería buscar tu mirada en mis versos. Me viniste sonriendo, me viniste seduciendo... te quiero. Que no mientan tus palabras que tus ojos no mintieron. Que sé que tú me quieres igual, pero estás lejos de reconocer eso.

07 junio, 2013

Tinieblas.

El se despertó. Un golpe palpitante le hacía arder su rostro, tocó su frente, en la cual se abría una herida. Sintió frío en sus pies, notó que estaba descalzo, se incorporó lentamente, no recordaba nada, ni una vaga memoria de quien era, ni un recuerdo. Se pregunto dónde estaba, miró alrededor y sólo vio oscuridad. 

Grandes árboles se extendían frente a sus ojos, las copas de los arboles frondosas, no permitían entrar la vital calidez de aquellos rayos de luz. El único morador de ese paraje era una gruesa penumbra de donde sólo, apenas, se logra resaltar los troncos viejos y desgastados, extendiéndose por el área un manto grueso de hojas. De apoco la angustia, el pánico, y un frío siniestro empezó apoderarse de él… ¡desesperación! Ante tal escenario, se le vino a la memoria flechazos de imágenes, de la cual resaltaba un traje y un sendero. Nada tenía sentido.

Sintió hambre, por lo que buscó entre sus pantalones. Sus bolsillos estaban vacíos, sólo un envoltorio de un dulce. Decidió revisar su chaqueta, era la de moda de esos momentos, la que todos los niños usaban, café con franjas rojas blanca y azules donde encontró una mitad de barra de chocolate y un papel arrugado. Aquel papel arrugado le dio miedo, como si algo le advirtiese, que no lo abriese, pero algo lo impulsó... una fuerza extraña, algo que lo manipulaba. Lo empezó a desdoblar con cierto temor.

Era un dibujo, un boceto de una bizarra figura huesudas, y de largas extremidades cubiertas por unas especie de pellejo seco, pero lo que más le inquieto al muchacho fue el rostro de aquel ser y sus ojos, entonces debajo de ese extraño ser había una palabra… "¡corre!". El muchacho se alarmó y empezó a caminar a la deriva, sin rumbo. Solo sentía algo, como una presencia que lo observaba y lo presentía. El terror se apodero aún más de él, de lo que un alma mortal pueda soportar.

Empezó a correr. Con cada pisada, hería sus pies descalzos, pequeños cortes y magulladuras empezaban aflorar por las ramas de los árboles, su rostro y sus manos sangraban al abrirse paso sobre aquella tupida vegetación, áspera y dura, el muchacho sentía como si la naturaleza jugara con él, como si la penumbra nublara sus ojos y los envolviera, como si estuviera divirtiéndose, como si lo disfrutara. El silencio hondo del bosque lo ahogaba, solo los grillos y búhos rasgaban aquella penumbra, rompían aquel sepultario silencio.

Atrás suyo crujieron unas hojas, giró, creyó a ver oído algo, solo vio oscuridad, hasta que pudo divisar un especie de silueta, oculta, dentro del espesor de los arboles. El muchacho palideció pues no sabía bien lo que veía, pero lo único que se le vino a su mente fue la palabra "corre" escrita en ese papel. Sé movió rápido, tan rápido como su pequeño cuerpo permitía, sus músculos, se extendía y contraían, se tensionaban con el movimiento rápido y bruscos de sus manos. Lágrimas brotaron de sus ojos, el cansancio se hizo sentir seguido de unas fuerzas inútiles que poco a poco lo abandonaban.

Poco a poco le iba quitando energía, le succionaba de a poco, ¡le bebía la vida! Miró de nuevo hacia aquella silueta, no estaba, pensó que tal vez hubiera sido su imaginación así que intentó calmarse y descansar un poco. De pronto, se paralizó.

Un frío le recorrió desde sus pies a la cabeza, le entró miedo, ese miedo cuando sabes que vas a morir... ese terror, ese pavor que te hace tiritar y te hiela la piel y la sangre, hasta el tuétano de los huesos, como si miles de agujas se enterraran en tu carne. Quiso correr, pero las fuerzas le fallaron, sus piernas se doblaron, empezó a caer mientras una silueta alargada, una sombra proveniente de los más oscuros sueños, se iba acercando y lo iba cubriendo. Sus ojos pesaban hasta que aquella sombra lo envolvió… Simplemente aquél día los habitantes del pueblo, no recuerdan una noche tan tranquila ni una luna tan grande como esa.

06 junio, 2013

Amar te cambia.

Es tan interesante el nivel en el que te puede llegar a gustar alguien, impresionante lo mucho que te puedes llegar a obsesionar con una persona. Empiezas a crear en tu mente una serie de historias que parten del “y si…”, he ahí cuando verdaderamente te obsesionas con una idea y no la quieres dejar ir por más de que todo lo que te rodea te dice a gritos un frío y triste: “nunca pasara, déjalo”.

Aún así tu no haces caso y sigues intentando y sigues con esa tonta idea en tu cabeza, y sigues, y sigues, y sigues… Sufres, tu solita. Sabes que puedes sacarlo de tu mente si en serio lo quieres, el problema es que tu no quieres dejarlo ir. Tienes un poco de esperanza, a que algo va a cambiar y que va a ser lo mismo otra vez.

Pero dentro de todo ese sentimiento también tocas fondo y cuestionas todo lo que paso, “¿para qué me habló? Tal vez sólo quería mi amistad, fue para lucirse, ¿qué hice mal? Obviamente no iba funcionar, etc...” lo que sigue es una depresión enorme capaz de torturarte lo suficiente como para dejar que lo que sientes se pueda notar, ahora todos lo saben: está triste. Quieras o no, eso te cambia, tu personalidad se va escapando de tus manos poco a poco y eso es algo que no puedes controlar por el simple hecho de querer. Amar, duele y te cambia, pero más que todo hace que se vaya tu brillo, resulta más drástico con aquellos que tenemos muy poco.

21 abril, 2013

Somos una ruta por seguir explorando.

«¡Vayámonos, anda!» le dije con tono de súplica y me vio con ese tono café en sus ojos, me hizo pensar en los troncos de los árboles de castaño que me gustan tanto, tanto como me gustan sus ojos. Me vio y me dijo: «Si salimos de abajo de la mesa ¿A dónde más nos vamos a encontrar?» Yo me comencé a reír tanto y tan fuerte que se hizo contagiosa y éramos dos niños debajo de la mesa riéndonos del encuentro. Le respondí: «Vamos a salir de abajo de la mesa, vamos a volver al mundo, a las calles lejanas de las ciudades de nuestro país, volveremos al mercado a comprar verduras frescas mientras los niños nos persiguen con sus carretas construidas de trozos de madera para cargar nuestras bolsas por unos cuantas monedas. Tú irás a tu casa y yo iré a la mía, harás tus cosas, saldrás con tus amigos y yo haré lo mismo, pero con lo mío. Así iremos cambiando de talla en la ropa, de gustos en la música, de gustos en las personas, de gusto en nosotros mismos, de gustos en las verduras frescas e iremos a los mismos mercados, pero no nos encontraremos hasta que con el tiempo y la paciencia adecuada, por fin encontremos el puesto de verduras indicado, para nuestros gustos; que corresponderán a la responsabilidad de escoger entre un buen tomate maduro y un tomate cualquiera. Nos vamos encontrar pidiendo rebaja, vas a reconocer mi voz y vas decir mi nombre en voz baja, yo voy a verte antes de vernos a los ojos. Nos vamos a encontrar, en el mundo, siendo individuos no siendo estos niños bajo la mesa escondiéndonos de la verdadera unión, cuando sepamos escoger verduras por nosotros mismos, vamos a ser capaces de cogernos de la mano».

18 abril, 2013

Me declaro viva.

Me declaro viva,
ser humano,
perceptiva y combativa.

Vivo porque así lo creo,
porque así lo siento
y así lo quiero.

Humano
por imperfecto.

Perceptiva
como sistema social único
y colectivo,
perceptiva
de todas mis limitaciones,
y combativa de todas mis limitantes.

17 abril, 2013

Óbito de mi propia sangre.

Salgo de aquel hotel mientras me pongo mi chaqueta. Aunque estoy en un lugar cerrado, el frío llega a mis piernas descubiertas pues solo llevaba un simple short color negro. Meto mi mano en uno de mis bolsillos y saco un cigarrillo, lo enciendo, el calor llega a mi boca con satisfacción, como si fuera una taza de chocolate caliente de esas que preparaba mi mamá antes de ser asesinada por él. Aviento mi cabello revuelto para atrás con mi mano libre. Expulso el humo de mi cigarro, suspiro y cierro los ojos y sigo caminado.

Llego a la salida y camino por las calles: tal vez encuentre algún cliente, pero no, nada. Las luces apenas iluminan la calle, camino y camino sin rumbo, de repente, me encuentro frente a ese lugar. Me dejo influir por aquel odio que recorría todo mi cuerpo, cada parte de mi, hasta el mas recóndito lugar de mi asqueroso cuerpo. Puedo ver mi reflejo en un charco de agua sucia a causa de la lluvia de hace una horas: el rímel corrido y unas ojeras visibles, mis labios rojos y uno de mis ojos morados, cortesía del cliente anterior. Entonces sonrió: una sonrisa llena de odio, coraje y resentimiento contra todos. Cada persona que me hizo daño lo pagaría. Tallo mi boca haciendo que el rojo se corriera más allá de mis labios. Me acerco a la puerta de aquella horripilante casa, levanto el tapete de bienvenida y me encuentro con la llave.
—Siempre tan idiotas. —pienso.
Meto la llave en la perilla y abro con cuidado, frente a mí hay un cuadro con la nueva familia de él: una esposa, una niña y él, todos sonriendo.
—Maldito bastardo, si supiera lo que le espera.
Camino a la cocina, observando cada detalle de la casa, una chimenea que me mantenía caliente en las noches de invierno, recuerdo. Frente una pequeña mesa, como en la que hacía mis tareas mientras mi madre preparaba un rico chocolate y unas galletas de mantequilla, pero todo ese paraíso que tenía de pequeña lo destruía él cuando llegaba, con una mujer a su lado, ambos ebrios y con botellas en las manos, subían las escaleras y solo alcanzaba a oír unos cuantos gemidos: porque mi madre me cubría los oídos con sus manos mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. En ese momento sentí por primera vez el odio, el odio hacía ese hombre y hacia esa mujer, y todas las que vinieron por delante. Y no entiendo cómo terminé convirtiéndome en lo que más odio.

Entro a la cocina, observo el refrigerador lleno de fotografías y dibujos pegados. Sonrisas por doquier y durante un segundo siento pena por él: por lo que les voy hacer. Pero se esfuma esa pizca de pena y el odio la remplaza rápidamente.
—¿A caso el sintió pena por mi madre alguna vez? ¿Por mi? Jamas le dí pena mientras me acaricia bajo mi ropa. ¿Por qué tendría que tener pena yo?
Un cuchillo largo me llama la atención, lo tomo y juego con él, la punta en uno de mis dedos hace que salga una gota pequeña de sangre y se que la mirada se me ilumina. Lo tomo por el mango y subo las escaleras sin hacer ruido alguno. Mientras subo, paso la hojilla por las paredes, haciendo algunas marcas, sigo caminando doblando a la izquierda y al llegar a la planta de arriba entro al cuarto que antiguamente ocupaba mi madre con ese cerdo, cierro la puerta despacio y lo veo removerse bajo las sábanas, a su lado está una mujer cubierta hasta la cintura, puedo ver su brasier rojo entre la oscuridad, su cabello negro revuelto entre la almohada. Me acerco a ella y el odio tan fuerte me produce un tic en el ojo derecho, el que no estaba morado. La reconozco enseguida, sé quién es. Me aguanto el impulso de atravesar su pecho en el cuchillo: no, queremos verla sufrir, ¿no es cierto? Recuerdo la vez que entró por esa puerta, ella tomaba la mano de él, ambos reían tontamente, ese día mi madre no estaba en casa, y fue el peor día de mi vida. Él me tomó la mano y me subió a mi cuarto, ella iba tras de él, riendo y apoyándolo. No sabía que pasaba, pero unos segundos después lo comprendí, lo comprendí en cuanto el subió mi vestido verde y me tumbaba en la cama, mientras ella reía y soltaba unos cuantos "continua". Pataleé y supliqué que me dejara, que me soltara y no le diría a mi madre, pero no le importo, no le importo a él, ni a ella y unos minutos después, un dolor desgarrador cubrió mi cuerpo…

Camino hacia él, ahora, y lo veo seguir removiéndose en su lugar. Pongo el cuchillo en su estómago y hago una ligera presión y él abre los ojos, sus ojos azules se dilatan y con sus manos se apoya hacía atrás, creí que por el movimiento ella despertaría, pero no lo hizo.
—Atrévete a gritar, y te rebano aquí mismo. —lo amenazo. Me gusta la naturalidad con la que salen esas palabras.
—¿Qui…quién eres? —pregunta aterrado.
—¿Ahora no me recuerdas? —mi ironía lo hace temblar, lo puedo ver. Juego con el cuchillo y él me mira fijamente, aún temblando, aún sudando.
—N…no.
La rabia me consume y me acerco a su cuello con fuerza, el cuchillo roza con su mejilla y aún me parece extraño que la zorra que esta a su lado no despierte.
—¿No recuerdas las veces que golpeabas a mi madre? ¿Las veces que me acariciabas, cerdo? —digo mientras aprieto aún más su cuello y veo el terror en sus ojos.
—A..A..¿Angie? —a penas y puede contestar. Aflojo un poco y lo veo respirar con dificultad—. ¡Angie! —susurró. Lo suelto y me mira aterrado.
—¿Qué me harás? —pregunta con voz clara.
—Lo que tu me hiciste muchos años… Sufrir, pero yo lo haré hasta matarte. —le respondo. Él cierra los ojos y solloza, suspira y lo siento abalanzarse contra mi, o próximo que oigo es un gemido y siento mi cuchillo atravesar algo, su cuerpo. Me asusto durante un momento, pero me lleno de adrenalina y quiero acuchillarlo de nuevo, una y otra vez, hasta que no pueda más, hasta que no quede mas de él. El movimiento de la cama hace que ella despierte, pregunta por él y se sienta en la cama y solo veo sus ojos aterrados viéndolo tirado en el piso y luego a mi, y al final al cuchillo manchado de sangre.
—Acércate, y atravieso su cuello ¿entendido?
Sus lágrimas corren por sus mejillas. Observo la habitación rápidamente, en busca de algo con que la pueda amarrar y lo encuentro: unas esposas en una cómoda.
—¿Para qué las usan? ¿Eh? Sexo tal vez. —mi voz es burlona y las tomo, me acerco a ella y ella por un momento se resiste.
—Quieres que te corte que cuello, ¿ahora?
Ella deja de pelar y agacha la cabeza, sollozando aún. Le pongo una de las esposas y la otra la ato a un barandal de la cama. Me acerco a él de nuevo, se retuerce del dolor en el piso, manchas de sangre a su lado, me agacho pero él no me mira.
—Te haré sufrir… pero primero sufrirá ella.
—Estás loca. —lo oigo susurrar, pero no me importa. Camino hacia ella con la cabeza ligeramente inclinada, observándola.
—Por…Por favor no…No me hagas na…Nada. —suplica, y yo río. Me acerco a ella y clavo el cuchillo en su estomago con fuerza. La sangre recorre su cuerpo. Ella se arquea y gime del dolor, mientras con su mano toca su herida y también se la mancha de ese liquido rojo.
—El rojo queda con tu basier. —me burlo de ella y la impaciencia me gana—. Esto se puso lento. —digo y entierro el cuchillo en su pecho, ella lanza un último gemido antes de caer.

Doy unos pequeño saltitos y camino hacia él de nuevo. Me mira aterrado, con repulsión y con odio.
—Eres un monstruo. —me dice jadeante.
—Algo tuve que sacar de ti, ¿no es cierto?
Tomo un pañuelo gris de la cómoda y lo ato en su boca.
—Al fin y al cabo, eres mi padre. —le expongo mientras que con fuerza entierro el afilado cuchillo en el centro de su mano izquierda, él suelta un grito, pero se pierde entre el pañuelo.
—Es verdad lo de la venganza: es dulce, y divertida. —sonrío.
Con el cuchillo hago un corte largo: de la boca hacia su ojo izquierdo, la sangre brota y las lágrimas corren por las mejillas. Sus ojos muestran dolor, como el que yo alguna vez sentí a causa de el.
—¡¿No te gusta verdad?! —le grito, pero no tan fuerte como para que despierte la pequeña. Él niega con la cabeza, y aunque no pueda hablar, sé que suplica.
—A ti nunca te importo todas las veces que te supliqué, que suplico mi madre para que la dejaras de golpear. ¿Por qué habría de importarme a mi?
El odio vuelve y de repente, me encontré apuñalando su cuerpo una y otra vez, tantas veces como podía hasta que quede exhausta. Por su cuerpo corrían chorros de sangre. Un charco de sangre lo cubría, y de él no salia ningún respiro. Rasco mi nuca con cansancio y salgo por la puerta aún con el cuchillo en la mano y mi ropa llena de sangre. Camino por las escaleras y veo otra foto de la familia, todos sonriendo y, por alguna razón la sonrisa de la pequeña me recuerda a la mía, la que le mostraba a mi madre cada vez que se acostaba conmigo las noches que no podía dormir y me tarareaba una canción. Salgo de la puerta dejando a la niña en paz, se que estará mejor si ellos. Son unos monstruos. Camino de nuevo por la calle, no sabía que hora era, pero aún era de madrugada. Un auto pasa y se estaciona a mi lado, sé lo que busca, sé lo que quiere. Así que me subo en la parte trasera de lado del piloto y beso su cuello lentamente, mientras guardo el cuchillo debajo de los asientos esperando ansiosamente, usarlo de nuevo.

15 abril, 2013

Depresión Post-Electoral.

No hay sentimiento de impotencia más grande que el que siento en estos momentos al ver como mi hermoso país se cae en pedazos, un país que tiene todos los recursos necesarios para convertirse en el país más rico del mundo, un país que tiene todas las de ganar….

No hay impotencia más grande que la que ver y saber como mi familia va a seguir viviendo miserablemente entre la escasez; tanto de alimentos como de seguridad y trabajo.

No hay impotencia más grande que la que ver como a los niños se le cierran tantas puertas, puertas que le brindan la posibilidad de progresar en la vida. Como a los jóvenes se les cierras tantos horizontes y posibilidades para una mejor calidad de vida

No hay impotencia más grande que la que siente un Venezolano al saber que se puede tener algo mejor, que se puede vivir mejor. Que ese país que todos soñamos sí se puede obtener, sí se puede tener un país en donde la noticia más importante gira alrededor de otro aire.

Me duele la impotencia. Me duele, me duele porque soy Venezolana. Y así viviera al otro lado del océano me seguiría doliendo porque pagan mis hermanos, mi familia, mis amigos, porque soñaría todas las noches con ese avión que me devuelve a mi tierra natal. Ese avión que me reúne con todo esa gente a la que amo y extraño cada día mas.

Sueño con mi país lleno de posibilidades y nuevos horizontes.
Sueño con un país lleno de paz.

Sueño con leer un periódico lleno de buenas noticias y no uno en donde en todos los encabezados se huele la sangre y el hierro de homicidios y catástrofes de secuestros.

Que impotencia es ver como la gente mediocre, descarada, conformista, hipócrita, egoísta, llena de insaciable poder va acabando lentamente con la vida de mas de 28 mil personas; personas que vienen de una misma madre, de mi madre. Una madre que se llama Venezuela.

13 abril, 2013

Un diario, un escrito, un desahogo.

Sentada haciendo nada, queriendo pensar, queriendo aclarar mi mente. Pero la verdad es que ya no sé cómo hacer eso una vez más. Justo cuando crees que los demonios te han dejado de acosar aparece uno nuevo. Y quisiera culpar a alguien más, echarle la culpa a la mala suerte, a la mala energía, a hechizos sin sentido… pero todo está dentro.

¿Cómo acabas con algo que te lastima desde tus más profundas y enterradas debilidades? No estoy triste, pero tengo miedo. Tengo miedo y no soporto el millón de cosas que se unen para descontrolarme más. Tengo miedo a muchas cosas. Tengo miedo al futuro, a siempre tener miedo. Quisiera ser valiente en casi todos los días, pero no, es imposible y no sé cómo hacerlo. Y quisiera salir y gritar, encontrar a alguien con quién hablar sin miedo a sentirme tan patética como yo misma soy. Tal vez por eso extraño tanto a las personas que me brindaron eso alguna vez. No extraño el cariño, extraño poder expresarme, darme a entender, extraño no tener que callarme todo lo que me atormenta. Pero todo se va, y me da miedo un día despertar y darme cuenta de todo lo que perdí por culpa del miedo.

Es extraño y me siento débil. Es lo que más odio. Odio la cobardía porque yo soy cobarde. Odio sentirme sola a pesar de me gusta estar sola. La vida está llena de contradicciones y no sé qué pensar. Ya no puedo ni pensar. Encuentro verdadero lo que dicen de que si tienes equilibrio mental las cosas en el exterior mejoran y se ven más claras y menos terroríficas, pero qué pasa cuando ya no sabes encontrar un equilibrio. Cuando te has quedado sin fuerzas y sin ganas de hacer algo. Es temporal. Todo es temporal y todo cambia, pero hay ese miedo a que las cosas cambien para mal. Que todo empeore, en mi mente y en consecuencia externamente.

Hay miedo y lo tengo porque tal vez ni yo misma me conozca, tal vez no me acepte. El punto es que hoy no tengo ganas de pensar, quisiera hacerme burrito en mis cobijas y no salir nunca. No perder a nadie. No esperar nada. Las expectativas destruyen todo cuando no sabes salir a buscar lo que quieres. Y el punto es ese, saber encontrar lo que quieres y encontrarte a ti mismo en tu mismo interior. Pero es difícil y sigo aprendiendo. Ya ni sé que estoy diciendo porque hoy ni siquiera puedo escribir. Apesta. Todo apesta.

12 abril, 2013

Todo lo bueno tiene un lado sucio.

En noches así anhelo una copa de vino,
un buen disco y tu compañía.

Sólo imagínate sentado a mi sala,
el frío entrando por la ventana,
las palabras saliendo de mi boca.

Tú, y el vino que sólo es un testigo de lo que nadie,
además de nosotros necesita saber,
necesita ver.

Tu mano en mi pecho y las mías en tu espalda,
el sofá bajo nosotros sufriendo todas las consecuencias.
La ropa ya no tiene lugar en ésta situación,
y tú, que no estás quieto un minuto
sabes perfectamente qué es lo que debes hacer.

Gritos que oye toda la cuadra,
cosas que sólo me dices a mí.
Tú tocas todo porque todo es tuyo,
y yo todavía no sé como llegamos a estas circunstancias,
y si fue producto del alcohol o no.

Tú haces de mi lo que quieres y yo te dejo,
no quiero que preguntes si quiero,
lo necesito tanto, o más que tú.
Yo sólo quiero más, más de ti.

Las pecas de tu espalda
son todo lo que necesito para seguirte la corriente,
yo también toco todo,
tú dejas que toque todo,
y entonces,
cuando creo que ya no puedo más
todo estalla y la paz inunda la habitación y mi ser,
y nuestros cuerpos como uno solo se quedan ahí,
tan quietos,
perfectamente unidos,
sólo para recordar que todo lo bueno tiene un lado sucio.

Refinado cadáver.

Me fascinó la forma en la que puedes crear mil pensamientos y sentimientos alrededor de alguien muerto. Me imaginaba una muerte lenta, tan diferente a la muerte que yo deseo. Quería entrar en la sangre fluyente cada vez más débil y sentarme en la respiración del próximo cadáver que la vida habría de desechar en un suspiro. Quería sentir su dolor, quería escuchar sus recuerdos.

¿Qué piensa alguien a punto de morir?
Depende del personaje, depende del delirio, de la desilusión, depende del creador que manejó su vida como un caleidoscopio. Creo en escritores, personajes e historias. La pluma se mueve y la mente avanza. Una vez que me encontré ahí, dentro de mí, en un mundo que existe pero que nadie deja fluir y que todos ignoran, y una vez ahí pude sentirlo. Sentí la muerte. Los órganos se combinan con la metafísica de la realidad del ser agonizante. Lo pude sentir a pesar de nunca haber vivido una muerte en el mundo material. Sus ojos se cerraron y el dolor se expandió pero, ya no estaba más ahí. Sin importar si había sido un buen o mal personaje, la esencia de la muerte lo llevó a lugar extraño y húmedo. Las lágrimas de aquellos que pierden acaban en ese lugar y aquellos perdidos mueren llegan ahí.

Se bañan en lágrimas y sienten el frío que comienza a avanzar por sus talones y pies. Es una caricia de muerte que endurece cada músculo. La caricia de la muerte que roba el calor, el color; llevándose la vida en un delicado roce. Si duele o no, no lo supe nunca. El cadáver no respondió. El cielo se perdió en su visión escapada y los pájaros volaron y se convirtieron en espejismos de cenizas de cuerpos bañados en lágrimas. El vuelo del ave, la picazón en medio de los ojos. Yo me quedé ahí, dentro de un cascarón aterrador, en un estuche vacío que guardaba con recelo las más preciosas joyas de una actriz famosa vagante entre las tumbas buscando un cofre de plata que ya nunca encontrará.

Colorete rojo, rojo como fuego. Tardé en salir y me quemaron junto con la caja de cristal. Explosión y trozos de vidrios y cristal por el suelo. Si la muerte me acarició aún no lo sé, pero es verdad, es verdad que la muerte de un personaje es la muerte del autor. Tal vez vivimos en ellos, nos combinamos con su sangre y nos instalamos en sus pulmones, nos volvemos pájaros cenizos que les lloraran un baño en aquel cuarto mojado y lejano.

Quería describir una muerte lenta y sólo escribí un cadáver exquisito.
Quería escribir una muerte y me volví mariposa.
Una mariposa la cual le hicieron una autopsia en el infierno.

09 abril, 2013

Todo fluye.

Dicen que las peores
cosas ocurren cuando menos te lo esperas,
que las heridas más profundas
te las provocan las personas
que más quieres,
que aquellas palabras que no deseas escuchar
son de aquellas personas
que nunca pensarías,
que todas las cosas que pasan
en tu alrededor
en algún segundo son
siempre las menos esperadas.

Porque así es como rota todo,
como funcionan las cosas,
así es como te das cuenta de que
el mundo es tan imparcial
y a la vez tan indiferente...
porque finges tan bien
que todo te resbala
para que nadie te vea mal,
para que nadie te vea lastimado,
ni herido,
que a veces te ocultas
en los lugares más rebuscados
y al mismo tiempo
aquellos que son más usados
por almas llenas de heridas
y cicatrices en el interior.

En el interior,
porque es allí donde recae todo,
el dolor,
la tristeza,
la alegría
todas aquellas emociones
que son capaces de llenar
tu cuerpo de vibras
y más vibras,
de emociones
tanto positivas como negativas,
y es así como todo funciona
en un delicado equilibrio,
porque todas las cosas fluyen
y pasan por tu interior,
todo existe dentro de ti
de alguna forma u otra.

31 marzo, 2013

Beber de tu sangre como mi último brebaje.

Cierro mis ojos solo para visualizarte una vez más en mi mente.
Escucho aquel silencio que inunda esta habitación,
siento el débil latido de mi corazón.

Aún no sé qué estoy haciendo,
aún no sé si todo está bien,
solo se que en algún rincón de mi habitación
todo esto terminará.

Siento el viento pasar por mi cuerpo
impidiendo la luz tocar mi piel.
El sol me quema,
y trato de que la oscuridad
sea quien guíe mis pasos dentro de esta ciénaga.

¿Alguna vez sentiste algo por mi?
Gritaba entre mis adentros.
Deja de fingir, jamás lo hiciste.
Chillaba hacia las frías paredes de madera.

Siento como todo se entrelaza por dentro
puesto que las estrellas no se pueden comparar con nada de esto.

Al agudizar mis sentidos,
puedo escuchar el leve sonido del mar a lo lejos.
¿Dónde estás? ¿dónde estoy? ¿dónde estamos ahora?
Ni aquí, ni allá, ni en ningún otro sitio.

Todo tiene su tiempo, su proceso.
Aquel dolor que ahora existe,
el día de mañana,
sólo será un mal recuerdo.
Algo que viene, y se va,
algo que se siente
aunque la cicatriz quede impregnada en la piel,
porque las marcas nunca se borran,
siempre perduran.

¿Has visto un ángel llorar o reír?
Quizás no has visto nada de eso
porque sigues cegado ante otras cosas.
¿En qué sitio despertarás mañana?
Quizás lejos de aquí…

Aquellos versos que nunca quisiste escuchar
hoy se los llevará el viento.

Un disparo entre pétalos,
un susurro entre sombras,
una caricia perdida.
Un beso…
Ese beso prohibido…

Ángel de la soledad,
debiste matarme cuando pudiste.
Ahora…
Este ángel ha pasado a su segunda transformación.

Un vampiro,
sedienta,
que buscará tu sangre hasta asesinarte.

Adicta a ti,
adicta a tus recuerdos…
Adicta a destruirte.

29 marzo, 2013

Espectro forastero.

Estiró el cuello para ver por encima de la pared de su cubículo: ya estaba anocheciendo. Su jefe había tenido la amabilidad de informarle, minutos antes de su hora de salida, que era necesario corregir y poner en orden la documentación comercial del mes, lo cual significaba que debía aplicarse a ello. Dejó escapar un largo suspiro al mismo tiempo que se reclinaba en su silla. No tenía idea de cuánto tiempo le tomaría terminar y sospechaba que, al paso que iba, bien podría pasar la noche entera revisando facturas y escribiendo informes. Sentía el cuerpo entumecido, así que se puso de pie y estiró los brazos hacia el techo hasta escuchar el chasquido de los huesos de su espalda. Miró a su alrededor detenidamente. Laura sabía que estaba sola en el piso, pero tuvo la impresión que alguien la observaba. De hecho, nunca se había quedado por su cuenta en las oficinas más de una hora y, por tanto, no había notado la quietud del lugar llegaba a ser extrema y agobiante.

A diferencia del trajín administrativo que colmaba los rincones de cada cubículo, la calma aparente le despertaba un nerviosismo voraz. Todos los días —de ocho de la mañana a cuatro de la tarde— el traqueteo de los teclados, el timbre de los teléfonos, el susurro de los papeles y el peculiar rugido de las impresoras y faxes disfrazaban el silencio, y Laura hubiera preferido mil veces escuchar todo eso al mismo tiempo en lugar de ese horrible silencio que le ahogaba.
—Todo está en la mente —se dijo a sí misma en voz baja, teniendo la impresión que alguien la observaba—. Todo está en la mente.
Ni bien terminó de decirlo la segunda vez cuando escuchó un estruendo en el entrepiso. Atravesó las oficinas rápidamente, curiosa por ver qué había sucedido. Estaba casi segura que ella era la única persona en el edificio. Sus pasos hacían eco y con cada uno de ellos parecía que, lo que fuera —aunque también podía ser su imaginación—, clavaba con más insistencia su atención en ella. De nuevo sintió el cuerpo entumecido cuando bajó las escaleras hacia el entrepiso.

Llegando ahí, las puertas del elevador se abrieron, pero ahí no había nada. No había elevador. No se veían siquiera los cables de este. Solamente un espacio negro, aparentemente vacío, inquietante. Se acercó lentamente y, mientras su cuerpo se movía, su fuego interno le advertía que no debía hacerlo.
 —¿Se encuentra bien? ¿Qué pasó? —uno de los guardias había subido tras escuchar el alboroto.
—Sí —respondió sobreponiéndose al sobresalto que le causó el hombre—. No lo sé. Escuché algo y vine a ver. —el rostro del guardia se palideció ligeramente—. Creo que pasó algo con el elevador —dijo apuntando hacia donde se suponía que estuviera.
Él le miró confundido, sin saber qué decir realmente, e hizo lo mismo que ella: apuntó ahí. Laura volvió su mirada, confundida también, y la piel se le puso de gallina al ver la cabina del ascensor en su lugar.
—Señorita —la voz del guardia temblaba—, suba a su piso y no salga de ahí hasta que ya se vaya. Y, haga lo que haga, no mire hacia atrás. En ningún momento, por ningún motivo.
Laura miró fijamente al hombre limitándose a asentir.
—La acompañaré a su cubículo.
Al subir ambos las escaleras, las sombras en las esquinas parecían moverse, ondeándose como si se trataran de un líquido contenido dentro de unos límites invisibles.
—Le recomiendo que se vaya antes de medianoche —fue lo último que dijo el guardia antes de emprender marcha hacia la planta baja.
A Laura le dio la impresión que el hombre caminaba exageradamente rápido, como si contuviera las ganas de echar a correr y se preguntó si no lo habría hecho una vez que ella ya no lo viera.

Suspiró y continuó su trabajo haciendo lo posible por ignorar el efecto del incidente en sus nervios.
—Todo está en la mente —se repitió cuando notaba algo moverse en el pasillo. Se lo repetía las veces que fuera necesario, como si se tratara de un mantra para sosegar la ansiedad que le producía ver movimientos fuera de su rango de visión. A veces cedía al impulso de voltear rápidamente y se sentía aliviada y asustada al no encontrar nada fuera de lo común—. Todo está en la mente, todo está en la mente, todo está en la mente, todo está en la mente.
Respiraba con dificultad, su temor escalaba aceleradamente convirtiéndose en una paranoia alimentada de hechos reales y se alimentaba a sí misma con cada pequeña sombra que se movía en su dirección. «Basta» pensó y se puso de pie tomando su bolso. Laura salió disparada de ahí, superando con creces la manera en la que el guardia lo había hecho. Estando en el entrepiso, contempló la idea de usar el ascensor y este, sin que ella presionara el botón, abrió sus puertas para mostrarle de nuevo esa oscuridad tan espesa y atemorizante. Laura respiró profundamente y se dio la media vuelta para usar mejor las escaleras. Sus pasos, como antes, hacían eco y, conforme descendía escalón por escalón, eran acompañados del eco de otros pasos que no eran los suyos. Un escalofrío que le heló la sangre recorrió su espalda al sentir en su nuca la respiración tibia de alguien. Tragó saliva con dificultad y lentamente giró su cabeza. Al ver lo que estaba ahí detrás de ella, unos fuertes calambres sacudieron sus piernas y subieron lentamente hasta paralizar todo su cuerpo. Laura había volteado. Laura había visto algo. Y lo último que quedó de Laura fue un grito desgarrador.

26 marzo, 2013

Recuerdos, sucesos y secretos.

Sólo una vez en tu vida encuentras a alguien que cambia tu mundo por completo.
Le dices cosas que nunca antes le habías dicho a alguien.
Comparten esperanzas para un futuro,
sueños que nunca se harán realidad,
logros que nunca se cumplieron
y muchas decepciones que la vida les dejó.

Cuando algo grandioso pasa no puedes esperar a contárselo,
sabiendo que esa persona compartirá tu emoción.
No te avergüenzas de llorar juntos cuando sufre,
o reír a su lado cuando hace el ridículo.
Nunca lastimas sus sentimientos, sino que le fortaleces
y le muestras las cosas que le hacen especial.
Nunca hay prisa ni celos,
sólo una tranquila calma cuando están cerca el uno del otro.

Puedes ser tú mismo sin preocuparte por lo que piense,
pues te ama por lo que eres.
Las cosas que para la mayoría de la gente pueden ser insignificantes,
-como una carta, canción o caminata-
se vuelven invaluables tesoros que se mantendrán a salvo en tu corazón.

Los recuerdos de tu infancia regresan
y son tan claros que sientes que eres joven de nuevo.
Los colores se ven más brillantes.
La risa forma a ser parte de la vida cotidiana,
donde antes era poco frecuente o no existía en lo absoluto.
Una llamada telefónica siempre te deja una enorme sonrisa en el rostro.
No necesitan de una conversación continua cuando salen,
se contentan con sólo tenerse cerca.

Cosas que nunca antes te interesaron se vuelven fascinantes,
porque sabes que son importantes para esa persona que es especial en tu vida.
Abres tu corazón sabiendo que hay una oportunidad de que sea dañado,
y en la apertura de tu corazón,
experimentas el amor y la alegría que jamás habías creído posible.
Te hallarás tan vulnerable
y comprenderás que esa es la única forma de sentir el verdadero placer.
Sabes que tienes un amigo verdadero y,
posiblemente, un alma gemela, que se quedará contigo hasta el final.

La vida luce completamente diferente y emocionante.
Tu única esperanza y seguridad es saber que la persona por la que tanto esperaste
es parte de tu vida…

23 marzo, 2013

Sin título, sin interés, sin motivos.

Me río cada vez que recuerdo algún momento gracioso y bonito que pasamos juntos.
Me río al descubrir de qué forma hiciste que cada uno de ellos se convirtieran en una mierda.

13 marzo, 2013

Un pétalo mal tirado.

—¡Ella no es hija mía! —gritaba—. ¡Entiéndelo!
Al escuchar tal palabra fue obvio, me veo en el reflejo del vidrio y me detallo que no tengo ningún parecido a él.
—¡Cállate de una vez por todas! —pataleaba una voz femenina—. ¡Ya, basta! ¡Sí lo es!
Ella no tenía más ojos más que para él, ¿cómo podría engañarlo con alguien más?
—¿Lo es? ¿Segura? —decía aquel hombre mientras pisaba fuertemente el suelo hasta dirigirse al sofá color café. Se detuvo. Volteó la mirada y observó el rostro empapado de su esposa—. Mía... mía... es hija mía, tengo una hermosa y maldita hija.
¿Podrías dejar ya el sarcasmo? No te molestes en perder el tiempo mintiéndote a ti mismo.
—Dímelo. —dijo la mujer enfrentándose a la bestia que tomaba su botella de Whisky.
Enseguida, mi padre me sorprendió con una nueva palabra que no había escuchado nunca...
—Aborto. —adjuntó el hombre—. Debiste de haberla abortado cuando pudiste.
Mi mamá salió corriendo a mi habitación, abrió la puerta de mi cuarto y lloró. Yo la miraba confundida y no entendí la palabra que había pronunciado mi papá pero no quise preguntarle ya que estaba llorando mucho.

Al día siguiente mientras ella hacía el desayuno...
—Mami, ¿qué es el aborto? —le pregunté.
Ella humedeció sus labios con agua y suspiró.
—Es matar a un bebé cuando está en tu estómago. —me dijo.
Pensé por un momento sobre lo que ella había dicho.
—Mamá... —susurré.
Ella siguió revolviendo el jugo con más fuerza. Se sirve.
—Mamá. —repuse.
Ella apretó los labios y mientras dejaba de tomar su batido de fresa, se estalla entre sus manos el pequeño recipiente de vidrio. El cristal rompe su piel y comienzan a sangrar sus manos.
—Dime. —dice con euforia mientras me mira—. ¿No ves que estoy ocupada?
Mamá, ¿para qué vivo?
—Quiero morir. —dije mirándola fijamente a los ojos—. Papá no me quiere, les arruiné la vida.
No solo porque papá lo dice, sino porque si no hubiese nacido tú hubieses terminado tu carrera como modelo. Mi madre sacó un cuchillo del cajón, se acercó a mí y lo puso en mi cuello.
—¿Es eso lo que quieres? —me gritaba.
—Sí. —respondí, y asentí con la cabeza.
La sangre se me empezó a calentar y mis latidos a descontrolarse. Hazlo mamá, vamos.
—Te amo. —aseguró, mientras lloraba encima de mi sutil melena de cabello castaño. Sus manos ensangrentadas manchaban mi cuello de su fluido rojo, era como una tinta permanente que me hacía recordar lo feliz que fui al tener mi primer peluche el mi quinto cumpleaños. Bajé la cabeza y me dejé ir.

—¡BANG!
Un disparo. Su sonido me aturdió a tal punto que dejé de sentir el objeto punzante sobre mi piel. Todavía mantenía mis ojos cerrados, respiraba profundamente. Las manos de mi madre habían desaparecido, ¿qué pasa? ¿abro los ojos? ¿ya no estoy pisando la Tierra? ¿ahora sí tendré alas y podré volar por la ciudad de noche? Unos brazos gruesos rodearon mi cuerpo y me cargaron. Abrí repentinamente los ojos, tenía frente a mí a mi padre y a sus las lágrimas que corrían por mis mejillas.