03 marzo, 2014

Opacidad

Eran mediados del mes de Marzo cuando recibí una notificación de empleo luego de seis largos meses de paro y enseguida una mediocre discusión con mi madre al tener que mudarme de casa a unas doscientas millas de donde me había criado. Busqué en los anuncios del periódico docenas de alquileres a las afueras de Chicago, pero ninguna podía asemejarse a lo que estaba dispuesto a pagar, hasta que encontré una antigua casa.

Como te dije, pude rentarla por lo barata que era así que no puse objeción alguna, pues la casa era vieja y no estaba en el mejor de los vecindarios, así que pensé que se trataba de un buen trato. Cuando me mudé, todo parecía ir bien. No recuerdo exactamente cuándo comenzó, porque me pareció un asunto menor en ese momento. Si dejaba una luz encendida en la cocina o el baño, al regresar la encontraba apagada. Pensé que simplemente olvidaba haberlas apagado. Después de un tiempo, comencé a dudar y a dejar un par de luces encendidas a propósito. En ocasiones no ocurría nada, pero en otras, regresaba sólo para darme cuenta de que estaban apagadas, entonces me di cuenta de que algo estaba mal, no estaba asustado, pero sí confundido

Pensé que algo estaba mal con la instalación así que para comprobarlo, comencé a dejar cada vez más luces encendidas (esto se reflejó en mi recibo de luz) porque de este modo podría detectar más fácilmente cuál era el problema y por qué se apagaban aleatoriamente. Fue entonces cuando la situación dio un giro.

La primera vez que recuerdo haber presenciado algo realmente extraño fue cuando dejé las luces de la cocina y el baño encendidas antes de irme a dormir. Me despertó un ruidoso gruñido proveniente de la cocina. Recuerdo haber despertado, pensando que un animal se había metido a la casa así que me levanté y eché un vistazo a través del pasillo hacia la sala y me di cuenta de que alguien había apagado la luz de la cocina. Se escuchó otro gruñido, esta vez en la sala y estuve a punto de gritar cuando vi algo grande cruzando el pasillo y la luz de la sala se apagó.

No podía describir la cosa que había cruzado el pasillo, parecía una sombra o algo así, la verdad es que no importaba, porque estaba asustado, así que salí de la cama y encendí la luz de golpe, esperando que hubiera algo en la habitación, preparándose para saltar sobre mí. Nada, no había nada en la habitación. Dejé escapar un suspiro agobiante y lentamente atravesé el pasillo en dirección a la sala. Cuando llegué al final del pasillo, prácticamente me abalancé sobre el interruptor de luz y una vez más no encontré nada. Al repetir la operación en la cocina, el resultado fue el mismo. Comencé a pensar que lo había soñado todo y fui a apagar el interruptor de la cocina, pero me detuve. A pesar de ser un hombre adulto, estaba aterrado de tocar el apagador, debo admitir que dormí con las luces encendidas esa noche y déjame decirte que fue un grave error.

Me levanté a la mañana siguiente y encontré todas las luces estaban apagadas de nuevo. Cuando intenté salir de la cama, sentí un dolor en todo el cuerpo. Jalé las sábanas, sólo para descubrir largas marcas rojas corriendo por mis piernas y brazos, parecía que algo me había rasguñado durante la noche. Aquello me asustó pero no tanto como cuando descubrí que todos los focos que había dejado encendidos la noche anterior estaban hechos pedazos. Todas las lámparas estaban tiradas en el piso, con la bombilla destrozada. Me quedé sin aliento cuando miré alrededor y sentí que algo nefasto había ocurrido allí, y por si fuera poco, algo había intentado hacerme... cosas durante la noche.

Pedí el día en el trabajo y me dediqué a reemplazar todos los bombillos. No sabía qué hacer, pensé en mudarme, pero –esto probablemente suene estúpido- esa era como mi casa y tenía en mis manos la mejor oportunidad de empleo. Era la primera vez que vivía lejos de mi familia. No podía darme por vencido, así que me quedé. Sobra decir que aquello se puso peor. Aunque comenzaba a temerle a la oscuridad, no podía dormir con la luz de la habitación encendida.

Comencé a dejar prendidos otros focos de la casa, como el del pasillo o el de la sala, permitiéndome ver perfectamente, aún en medio de la oscuridad de mi habitación. Prácticamente, cada noche me despertaba el ruido de algo gruñendo y paseándose por la sala, apagando la luz inmediatamente después. No quería ir a mirar, estaba aterrado ante la idea de estar en el mismo cuarto con aquella cosa. Así que me enroscaba en la cama y rezaba para que aquello nunca entrara.

Una noche, después de un tiempo, me harté de la situación. Compré una pistola y encendí todas las luces de la casa. Me senté en medio de la sala, con el arma sobre mi regazo y un bate de béisbol a mi lado. Esperé y esperé... no sucedió nada en un buen rato. Alrededor de las 2 de la madrugada, comencé a escucharlo, estaba detrás de mí. Me di la vuelta, en dirección a mi habitación, y a través del pasillo pude escuchar aquel familiar gruñido. Tragué saliva y levanté la pistola con una mano, apretando fuertemente el bate con la otra, y lentamente caminé hacia el pasillo para tener una mejor vista de la recámara. Cuando por fin veía claramente mi cama, se escuchó un fuerte golpe, seguido de un gruñido no humano. Yo, como el hombre valiente que era, di un salto hacia atrás y me alejé del pasillo. Quería terminar con todo eso, pero ¡demonios! no quería tener que lidiar con esa cosa.

Podía oírlo tirando y golpeando cosas, y aún no sé cómo logré percibirlo, pero entre el ruido escuché un leve "click", y después todo quedó en silencio. Me asomé al pasillo para comprobar si la luz se había apagado de nuevo, efectivamente no estaba encendido. Tomé aire y me lancé a la aventura con mis armas listas. Cuando llegué a la habitación y encendí la luz de nuevo, me quedé sin aliento... mi cama estaba destrozada, completamente deshecha. Era como si un animal hubiera saltado sobre ella hasta romperla en pedazos. Avancé hacia la cama para ver mejor lo que había quedado de ella y me quedé en shock hasta que escuché el familiar gruñido que me hizo dar la vuelta. Parado junto a la puerta, justo al lado del interruptor de luz, estaba él. Era un hombre... blanco, pudriéndose y con el cuerpo mutilado que parecía haber sido el juguete favorito de un perro. Él estaba observándome detenidamente. Estaba demasiado asustado como para levantar mis armas. Me miró por un momento y luego apagó la luz.

Grité, y ni siquiera me avergüenza admitirlo, grité y perdí la razón porque corrí hacia la puerta, justo por donde aquella cosa había estado parada, agitando el bate como un demente. Casi hago un agujero en la pared, tratando de volver al pasillo. Me di la vuelta justo a tiempo para ver cómo apagaba también la luz del pasillo. En ese momento, ya no quería pelear, quería estar a salvo así que atravesé corriendo la sala, hacía la luz encendida de la cocina. Escuché el sonido de la cosa gruñendo y arañando hacía donde yo estaba. Giré la cabeza, sólo para ver una vez más al cadáver podrido y mutilado del hombre, apagar la luz con su dedo roto. Salí corriendo hacia la sala. Aquel iba a ser el encuentro definitivo, tendría que pelear. Me paré junto a la lámpara de pie, que era mi última línea de defensa. Odiaba la oscuridad, así que me quedé allí parado, al lado de aquella reconfortante luz tenue. Esperé a que el hombre la apagara, pero no lo hizo. Todo quedó en calma.

Comencé a reír a carcajadas, era una risa loca pero viva. Pensé que todo iba a estar bien, di un paso al frente, casi abrazando el farol... hasta que lo vi. Escuché el gruñido no atrás, sino justo enfrente de mí. ¡Saliendo de esa lámpara! Mis ojos se abrieron de par en par mientras contemplaba la intensa luz de la lámpara. Caminé hacia atrás, tropecé y no recuerdo qué sucedió después. Sólo puedo recordar que estaba tirado de espaldas mirando fijamente aquella brillante luz. Ya no era reconfortante, sino caliente, pesada y sobre todo, brillante. Pensé que iba a quemarme por completo... y entonces regresó. No tengo palabras para describir aquello que emanaba de la luz de la lámpara. Era horrible, retorcido y estaba lleno de ira. Sé que nunca olvidaré esos ojos brillantes, calientes y blancos... dos círculos irradiando pura maldad. Aquello me odiaba, odiaba todo sobre mí. No sólo a mí, sino a todos nosotros, a toda la raza humana. Pero estaba allí atrapado, y arremetería contra el primero que se le pusiera en frente, o sea yo. Aún no sé como lo supe, pero lo sabía. Me preparé a mismo para una muerte lenta. ¡Click! La luz se fue. Una vez más todo quedó a oscuras. Dulce, silenciosa y relajante oscuridad.

Me quedé en el suelo por un momento, dejando que mis ojos se ajustaran a la penumbra. Seguía mirando fijamente a la lámpara, y mientras pasaban los segundos, comencé recobrar el sentido. El hombre mutilado estaba parado junto a la lámpara, con una mano rota colgada del interruptor de luz, mirándome detenidamente. Entonces lo entendí, entendí todo lo que aquello significaba, todo lo que había pasado. El hombre retiró su mano de la lámpara y apuntando su dedo descarnado hacia ella, sacudió su cabeza de lado a lado. Todo lo que pude hacer en respuesta fue asentir con la cabeza. No estaba tratando de lastimarme, todo este tiempo, había estado tratando de protegerme. Esa criatura sólo podía venir a través de la luz, y este hombre mutilado sólo había querido mantenerme a salvo. Él no quería que nadie repitiera sus mismos errores. Al día siguiente me mudé y nunca volví a la casa.

Lo que sea que fuera, estaba atrapado en aquél inmueble, y hasta donde sé, no he vuelto a ver ningún ente salir de cualquier otra fuente de luz. De todos modos, esa cosa siempre estará atada a mis recuerdos. Cada noche, en mi nuevo departamento, tengo el hábito de caminar por la casa, asegurándome de que todas las luces estén apagadas y que todas las cortinas estén cerradas. Y es sólo hasta entonces, que puedo sumirme en mi silenciosa, reconfortante y segura oscuridad.

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